n_logo-diocesis-huelva

diocesisdehuelva.es

PORTAL DE LA IGLESIA CATÓLICA EN HUELVA

(+34) 959 252 100
info@diocesishuelva.es

El valor de la vida hasta el último aliento

Publicado:
23 septiembre, 2020

El pasado 10 de septiembre, comenzaba en España el trámite parlamentario para aprobar una ley para la despenalización de la muerte asistida, es decir, una ley de Eutanasia que regula la mal llamada «muerte digna». La proposición de ley que ha pasado el trámite parlamentario muestra que podrán solicitarla aquellos que sufran «una enfermedad grave e incurable» o, en su caso, «crónica e invalidante», que provoque un sufrimiento «intolerable».

La voz de la Iglesia, desde siempre y de un modo especial desde que fue conocida esta proposición de ley, ha querido recordar en todo momento la sacralidad y dignidad de toda vida humana, desde el instante de su concepción hasta el momento final de la muerte. Se trata de un principio, no de argumentos basados en premisas ideológicas que no consideran la realidad de los enfermos en situación terminal ni lo que viene siendo la práctica de los profesionales médicos y sanitarios, como el propio Colegio de Médicos he recordado en numerosas ocasiones, que defiende un desarrollo de las prácticas paliativas, muy alejadas del encarnizamiento terapéutico que, demagógicamente, suelen exponer quienes se muestran a favor de esta ley.

La experiencia del sacerdote Juan Manuel Arija, que ha sido capellán en el hospital Vázquez Díaz de Huelva -que tiene una planta dedicada especialmente a cuidados paliativos-, y de la enfermera María Ferrer, directora del secretariado diocesano de Pastoral de la Salud, nos ayudan a entender el trasfondo de esta pretendida «ley de derecho a la eutanasia» desde la perspectiva más humana.

Eutanasia / Suicidio Asistido Vs
Cuidados Paliativos / Sociedad Coherente
Juan Manuel Arija García, sacerdote

En medio de la tempestad, cuando el barco de la vida se ha tambaleado tanto hasta el punto de hacerte caer en medio de las olas y de la tormenta, te encuentras solo y en medio de la noche cerrada. Nadie hay a tu lado y solo flotas y sufres. Solo. Soledad. Angustia. Brazadas para nada más que para aguantar un poco más sabiendo que vas a morir ahogado. Solo. En la noche de esa soledad que cierra puertas e historias. Y uno se deja abandonar en ese cansancio y sucumbe. Las olas se lo tragan definitivamente.

Una sociedad que ha ido abandonando el puesto de vigilancia para ver si hay alguien de la tripulación que está mal o simplemente se ha caido al agua. Una sociedad preocupada por tareas de producir, de ganar, de valorar la vida desde lo simplemente material a la altura del propio ombligo, se ha olvidado turnarse en ese puesto de vigilancia, entretenido con tantas otras cosas. El dolor, la compasión, el compromiso, la muerte…. No entran ya en estos códigos.

Los que van cayendo al agua en las tormentas, en la soledad más absoluta, sabiendo que hay gente en el barco y que no miran sus necesidades no tienen más remedio que dejarse llevar hasta que no pueden más. No son libres. Todos, tan entretenidos con otras cosas, lejos de las enfermedades, de las fragilidades, de las compañías, de los consuelos, de las noches compartidas, de los “tequieros”, de los apretones de manos…..tanto para hacer entender que a pesar de todo, quien está enfermo no está solo ni lo estará jamás….. Toda una sociedad que se pone de perfil ante la situación de quien realmente más lo está necesitando. El enfermo, en esa situación, no es libre.

El mejor remedio y el más diplomático es hacer que el caído al agua entienda que lo que mejor puede hacer es dejarse llevar en esa soledad y que todo termine cuanto antes.

Cuando la sociedad ha perdido los papeles de la responsabilidad y utiliza el eufemismo de dejar la libertad a quien sufre y está solo para que firme su final de vida, es que estamos ante una sociedad incoherente, cínica e hipócrita.

Desarrollar unas políticas de cuidados paliativos más ajustadas a las realidades de quienes los necesitan, en lugar de dejarlos medio abandonados en su enfermedad, en su dolor, en su angustia…. Un Estado que no llega al dolor de su propia gente, que se pone de perfil y le da un bolígrafo para estampar una firma de final de vida, es un Estado hipócrita y ausente. Indolente.

La vida de todos, especialmente de los enfermos, necesita encontrarse con más vidas cuando más se necesita, no con bolígrafos y documentos que quieren hacer el paripé de estarles cercanos, pero que al final es un acto más de hipocresía, porque nunca lo estuvieron, nunca los conocieron y nunca los arroparon. Les dieron una falsa libertad.

Cuando la sociedad abandona a su suerte a quien sufre, amparándose en la libertad del otro, es que nos estamos escaqueando de la forma más espantosa de nuestras propias responsabilidades de permanecer en nuestro puesto de vigilancia. Y así nos va.

¿Eutanasia? NO, gracias
  
María Ferrer Milán, enfermera 


¿Por qué nos planteamos matar a una persona y no ayudarla a vivir en todo su proceso de enfermedad? A lo largo de mi vida profesional he vivido momentos difíciles junto con el enfermo y su familia, pero los enfermos “no quieren morir”, pasan por tratamientos agresivos con la esperanza de sanar o estar mejor.

Cuantas veces me he sentido con las manos vacías sin saber qué decir ni cómo acompañar en los momentos críticos de una enfermedad terminal, pero cuantas veces he formado parte de un equipo donde se planificaba los cuidados del enfermo, donde nuestro objetivo principal era ayudarlo a que recibiera la ayuda que deseaba y la que necesitaba.

Los enfermos, incluso los terminales, no quieren morir si tienen controlados sus síntomas y se sienten apoyados ellos y sus familias. Pero qué ocurre cuando no tienen ayudas suficiente, cuando los equipos de cuidados paliativos no llegan porque son escasos, qué ocurre con una enfermedad como la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) tan agresiva que necesita gran cantidad de recursos para que los enfermos realicen las actividades de la vida diaria; que enfermo y familia pueden llegar a desear el final de la vida, sino reciben la ayuda suficiente.

Solo en dos ocasiones a lo largo de 38 años de profesión un enfermo me pidió morir, ¿Qué ocurría? algo fallaba, aparece el dolor, ¿el dolor físico? Si es así, es necesaria la revisión del tratamiento y ajustar dosis. Pero y si no es el dolor físico y si lo que le pasa es un dolor que le invade todo su ser, es angustia vital, es miedo,…; pide a gritos que lo acompañemos, que estemos presente, que le escuchemos, que aliviemos el dolor y si somos capaces,… “El enfermo no quiere morir”. Cuántas veces su dolor eran asuntos pendientes con su familia, o sufría porque su familia estaba cansada en sus cuidados y no podía más,… su deterioro físico, su impotencia o esa rabia que le impedía ver más allá, vivir día a día a tope sintiendo la brisa, los olores, los colores,… Sentirse vivo un día más o ese miedo al momento de la muerte,…

Por mi memoria pasan imágenes de hombres y mujeres que cuando han recibido los cuidado necesarios, físico, espiritual, emocional,… cuando se han sentido acompañados, queridos por su familia, que el personal sanitario ha estado a su lado hasta el final; han aceptado su momento final con paz y nunca en su rostro observé el miedo.

Y no puedo pasar de largo lo que aprendí, lo que sentí, lo que viví con cada uno de ellos. Mi recuerdo agradecido.

Más información:

Te puede interesar