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«El Pastor en la barca; el Pescador tierra adentro», comentario al Evangelio del XVI Domingo del Tiempo Ordinario – B

Publicado:
16 julio, 2021
Foto:  Jesús enseña en la orilla. James Tissot (1886-1896). Museo de Brooklyn, Nueva York (EE.UU.)

Las lecturas de este Domingo XVI del Tiempo Ordinario ponen de manifiesto un tema que se repite en uno y otro Testamento: la responsabilidad de los que son llamados a la guía del pueblo: una guía que puede conducirlos a la salvación, que siempre viene de Dios; o a la ruina, cuando se tienen únicamente en cuenta los beneficios humanos y temporales.

El problema del gobierno del pueblo de Dios ha acompañado a Israel desde sus inicios. En este sentido, el nacimiento de la monarquía pone de relieve una cuestión de gran importancia: ¿Puede haber un gobernante humano que esté a la altura de Dios, verdadero guía de su pueblo? Con el tiempo, se llegó a comprender que el problema no es exclusivo de quienes tienen la responsabilidad y el rol de la guía y conducción, sino también de los valores que el propio pueblo de Dios pretende vivir y que sientan las bases de la convivencia y de la relación con el Señor.

En la historia de Israel, no pocas veces, los problemas eran causados por los enfrentamientos con los pueblos vecinos. Ante esta circunstancia, el poder de Dios se hacía fuerte contra los adversarios, pero ¿qué ocurre cuando son los propios pastores los que causan el alejamiento y la distancia del verdadero Dios? Algunos pastores, convertidos en insensatos (cf. Jer 10,21), han dejado de buscar al Señor y, consecuentemente, se ha dispersado el rebaño. No obstante, Dios nunca abandona a su pueblo, por eso suscitará un vástago legítimo (Jer 23,1-6), preanunciando la venida del Señor-nuestra-justicia. Así pues, Dios que es el pastor justo, que salva y perdona, convierte el tronco seco en árbol que florece y da fruto como siempre ha hecho y siempre hará suscitando un nuevo David y volviendo a confiar en que es posible que los pastores conduzcan a su pueblo al encuentro con su Dios.

En evangelio (Mc 6,30-34) presenta a Jesús, no solo como un nuevo David, sino más bien como un nuevo pastor. En el trasfondo del pasaje marcano puede sentirse, como una melodía siempre armoniosa, el Salmo 22: «El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas». Es posible que en la vida del pueblo de Israel también de la Iglesia, los pastores flaqueen, no estén a la altura, muestren las debilidades propias del pecado, e incluso del cansancio, pero el Pastor el verdadero Pastor, es siempre nuevo y es siempre el mismo: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Heb 13,8).

La compasión de Jesús por la muchedumbre abandonada, otro aspecto resaltado por el evangelio de este domingo, motiva al Señor a mostrarse como Maestro («andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma»). La enseñanza de Jesús nunca es un intelectualismo estéril, ofrecido desde una cátedra de mera sabiduría y conocimiento humano, sino un viaje a las raíces de las necesidades humanas, donde la humanidad espera encontrar una palabra de vida, que regenera y sana; recoge y ofrece la esperanza en una nueva creación (¿no es esto el vástago nuevo?). Los hombres, en no pocas ocasiones, hacen alarde de sus conocimientos para subyugar y hacer carrera, o todavía peor, carrerismo; Jesús, movido por una profunda solidaridad con la debilidad humana, enseña para curar y cura para salvar.

En este Domingo XVI del Tiempo Ordinario se contempla a Jesús que marchándose, en barca, con los apóstoles a un sitio tranquilo y apartado. El que había llamado a los apóstoles para hacerlos pescadores de hombres, labor desempeñada tierra adentro, ahora, como Pastor bueno se adentra en el mar para enseñar, curar y salvar. El que es Pastor Bueno, lo será incluso en una barca; el que es Pescador de hombres, lo será también tierra adentro.

Isaac Moreno Sanz,
Dr. en Teología Bíblica y rector del Seminario Diocesano de Huelva

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