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«De las letras al texto; de la Escritura a la Palabra». Comentario al Evangelio del III Domingo del Tiempo Ordinario – C

Publicado:
20 enero, 2022
Foto: Cristo enseñando en la sinagoga de Nazareth, fresco de autor anónimo del siglo XIV. Monasterio de Visoki Decani, Kosovo.

El tercer domingo del Tiempo Ordinario ‒este año el 23 de enero‒ la Iglesia celebra el Domingo de la Palabra de Dios. La Sagrada Escritura continúa suscitando en nuestro tiempo un vivo interés y sigue siendo necesario acercarnos sin prisas, establecer un diálogo y hacerle preguntas. Leer un texto bíblico no es tarea fácil, pero se presenta siempre de manera apasionante. Veamos, a continuación, algunos elementos de la Palabra de Dios, al hilo de las lecturas dominicales.

La primera lectura (Neh 8,2-4a.5-6.8-10) ofrece una frase atemporal, que destaca en el contexto de la celebración de este domingo: «leyeron el libro de la ley de Dios con claridad y explicando su sentido, de modo que entendieran la lectura». La convicción de que la Palabra de Dios se expresa en la Biblia con palabras humanas ha impulsado desde siempre en el cristianismo un estudio crítico de sus textos fundacionales. Otras tradiciones religiosas, basándose en un concepto mecánico de inspiración, consideran que los autores sagrados son meras “máquinas de escribir”. La fe cristiana recuerda el principio de la encarnación, donde las palabras ‒como en otros términos el Verbo‒ han asumido los condicionamientos, características y particularidades humanas.

La lectura de Nehemías invita a leer, estudiar, interpretar, explicar, comprender y actuar conforme a la Palabra de Dios. Sin embargo, los cristianos no profesan una “religión del Libro”. El cristianismo es la experiencia de la verdad y de la vida que se comunica en el acontecimiento: «no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo» (San Bernardo).

La invitación a explicar y a comprender las Escrituras no es exclusiva a unos pocos, sino tarea y compromiso de todos los creyentes. La inquietud de Felipe y el etíope no es una cuestión del pasado, sino muy actual: «Le preguntó: “¿Entiendes lo que estás leyendo?”. Contestó: “¿Y cómo voy a entenderlo si nadie me guía?”. E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él» (Hch 8,30-31). Es necesario seguir guiando, seguir acompañando, seguir “sentándonos”, aunque la Iglesia siempre está en camino.

«Dios invisible, movido por su gran amor, habla a los hombres como amigos y mora con ellos para invitarlos a conversar con Él y recibirlos en su compañía» (Dei Verbum, 2). El amor de Dios al hombre se traduce en un diálogo, que teniendo como punto de partida la Palabra escrita, requiere una respuesta a modo de palabras vivientes. En otros términos, una palabra está muerta si no es capaz de generar vida ¿sucede esto con la Palabra de Dios en nuestra Iglesia? ¿Se trata de una Iglesia de las letras o que pretende comprender el significado del texto y ponerlo en práctica?

El prólogo del evangelio de Lucas (Lc 1,1-4), de una belleza y profundidad extraordinaria, ofrece una serie de verbos que indican los objetivos de la composición del relato: transmitir; escribir en orden; investigar; conocer; recibir… Con estas inquietudes comienza el autor el Tercer Evangelio, compartiendo con los lectores creyentes la misma tarea, que se traduce en transmitir, de manera apasionante, el mensaje de Jesucristo Resucitado.

Jesús, lector de las Escrituras (Lc 4,14-21), es autor e intérprete de las mismas, aunque no las escribiese directamente, ni se recojan en los evangelios todas sus explicaciones. En efecto, las Escrituras: profetizan al Mesías y narran su ministerio; anuncian el Evangelio al rememorar la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Además, Jesús ‒siempre en camino‒ explica las Escrituras y parte el pan (Lc 24).

Si el Señor no nos introduce es imposible comprender en profundidad la Sagrada Escritura, pero lo contrario también es cierto: sin la Sagrada Escritura, los acontecimientos de la misión de Jesús y de su Iglesia en el mundo permanecen indescifrables. San Jerónimo escribió con verdad: «la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo». En otros términos, es necesario para el creyente conocer y amar las Escrituras que presentan a Cristo, Palabra viva y Verbo encarnado.

Isaac Moreno Sanz,
Dr. en Teología Bíblica y rector del Seminario Diocesano

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