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Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Publicado:
8 abril, 2022
Imagen: Detalle de la 'Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén'. Pietro Lorenzetti. Fresco en la Basílica de San Francisco, Asís (Italia)

«Bendito el que viene» (Lc 19,28-40)

El Domingo de Ramos abre la gran semana de la Pascua. Jesús entra en Jerusalén sobre un asno. Los guerreros montan a caballo; el asno, por el contrario, es la cabalgadura de los pobres y de los pacíficos: «Alégrate, hija de Sión. Mira a tu rey que viene, justo y salvador, montado en un asno». Es así como Jesús cumple la profecía de Zacarías, que continúa diciendo: «Destruirá los carros de la guerra, los caballos, los arcos… y dictará la paz a las naciones». El pórtico de la semana de la pasión es la paz. 

Al llegar a Jerusalén, el pueblo lo saluda con una expresión que recuerda el saludo con que los sacerdotes recibían en el templo a los peregrinos: «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! El pueblo conoce a los enviados de Dios y sabe quienes son, de verdad, los hombres de paz. La paz es uno de los dones mesiánicos, pero, como todo don, puede ser aceptado o rechazado por los hombres. La violencia -tanto la caliente, que derrama la sangre, como la fría, que derrama la dicha- es el reino de la muerte. La paz es el reino de la vida.

Cuando miramos al mundo en que vivimos, tras los tristes acontecimientos del 11-M, el corazón se hiela al ver que, ya metidos en el siglo XXI, todavía existen hombres y mujeres que enarbolan la bandera de la ira y siembran la muerte, la división, los odios y el sufrimiento. Cuesta trabajo entender que -como dicen- tengan un proyecto para el mundo, a no ser que su proyecto sea sembrar la muerte y extender el desierto. Jesús entra en Jerusalén como un rey de paz, como un portador de paz. La misma que, como luz del alba, empezó a llegar al mundo con su nacimiento tal como cantaron los ángeles; la misma que ahora grita el pueblo; la misma que, como sol en cenit, se derramará sobre la humanidad el día de la resurrección. La paz es, desde entonces, el saludo del resucitado y, unida a la gracia, el saludo cristiano por excelencia.

Pero la paz siempre es un parto difícil. Antes habrá que pasar por una noche oscura. El Gólgota es un paso obligado. Pero el corazón permanece firme -«Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo»- con la seguridad de que el final próximo será un tiempo feliz -«Habitaré en la casa del Señor eternamente»-. Esa noche oscura tiene tres momentos: el Jueves Santo es el momento del amor; el Viernes, el del sacrificio; y el Sábado, el del ocultamiento. El amor prepara para dar la vida por aquellos a los que se ama; el sacrificio es necesario para afrontar la adversidad con fortaleza de ánimo; y el ocultamiento es la máxima expresión de la renuncia, el signo de que el corazón está absolutamente libre de apegos. Sobre estos tres pilares se construye el reino de la paz.

Si los hombres no aprenden esta canción y callan, las piedras -las ruinas- hablarán y el Mensajero de la Paz seguirá llorando sobre Jerusalén.

Francisco Echevarría Serrano,
Ldo. en Sagradas Escrituras y vicario parroquial de Punta Umbría

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