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Domingo XIV Tiempo Ordinario – C

Publicado:
1 julio, 2022
Imagen: San Pedro curando a los enfermos con su sombra. Masaccio (1424 – 1425), fresco en la iglesia Santa María del Carmine, Florencia (Italia)

«Artesanos del Reino de Dios» (Lc 10,1-12.17-20)

El decimocuarto domingo del Tiempo Ordinario del ciclo C narra el envío de los setenta y dos discípulos (Lc 10,1-12.17-20), después del envío de los Doce (Lc 9,1-6). Si bien con el envío de los Doce la misión se centra en Israel, el envío de los setenta y dos prefigura la misión al mundo entero. Una misma misión, un mismo amor y único proyecto salvífico de Dios para llevar la salvación a una infinidad de personas, que sin distinción de ningún tipo, podrán escuchar y acoger el mensaje evangélico. 

La primera lectura (Is 66,10-14c) comienza con una insistente invitación a la alegría: «festejad, gozad, alegraos». La alegría se hace «por» Jerusalén y «con» Jerusalén. De esta manera, los lectores son insertados dentro de la fiesta, es decir, no son espectadores externos, sino que forman parte activa. Si Jerusalén es la ciudad del Señor, el creyente se encuentra dentro del pueblo de Dios, festejando, gozando y alegrándose con su Señor. Así, el lugar de la alegría pasa de ser la ciudad al pueblo; del espacio físico a las personas; del pasado al presente. 

El evangelio (Lc 10,1-12.17-20) concreta la alegría del profeta Isaías. En efecto, el entusiamos caracteriza el regreso de los discípulos de su misión («Los setenta y dos volvieron con alegría»). Por una parte, el profeta Isaías está mostrando el gozo por la construcción del nuevo pueblo después del exilio, mientras que San Lucas propone la alegría del Reino, no exento de dificultades. 

El final de la primera lectura, con una promesa ‒«se manifestará a sus siervos la mano del Señor» (Is 66,14a)‒ subraya el poder real, absoluto y creador de Dios. La mano de Dios se extiende hacia el hombre, como queriendo abrazarlo continuamente. Paradójicamente, la mano de Dios se contempla frágil en el Niño nacido en Belén; se manifiesta sangrante en la cruz en Jerusalén; y resucitada ante los dedos de Tomás y de todos los discípulos.

El Reino de Dios se va concretando, poco a poco, mostrando el paso de la promesa a la realidad. Así debe leerse el final del evangelio de este domingo (Lc 10,18-20), donde las palabras de los evangelizadores, después de la victoria sobre las enfermedades, reflejan que la utopía de un mundo justo y feliz se va concretando, en la medida en que se sostienen en la promesa y la Palabra de Dios.

En este domingo la Iglesia es enviada nuevamente a anunciar el Reino y hacer que sea una realidad concreta en nuestro entorno. Cada uno de nosotros está llamado a ser un artesano del reino de Dios, modelando la vida desde la paz; uniendo y no dividiendo; extinguiendo el odio y no conservándolo; abriendo las sendas del diálogo y no levantando nuevos muros. 

Quisiera terminar esta reflexión con la oración del Papa Francisco al final de Fratelli tutti, que pide que el Reino se construya desde la fraternidad y el amor al prójimo: «Señor y Padre de la humanidad, que creaste a todos los seres humanos con la misma dignidad, infunde en nuestros corazones un espíritu fraternal. Inspíranos un sueño de reencuentro, de diálogo, de justicia y de paz. Impúlsanos a crear sociedades más sanas y un mundo más digno, sin hambre, sin pobreza, sin violencia, sin guerras».

Isaac Moreno Sanz,
Dr. en Teología Bíblica y rector del Seminario Diocesano

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