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Domingo XXVI Tiempo Ordinario – C

Publicado:
22 septiembre, 2022
Imagen: "Lázaro y el rico Epulón". Leandro Bassano del Grappa (Hacia 1570). Museo Nacional del Prado, Madrid.

«De la escucha de las palabras al anuncio de la Palabra» (Lc 16,19-31)

El Evangelio del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario presenta la parábola única del evangelio de Lucas, conocida como el hombre rico y el pobre Lázaro (Lc 16,19-31). En el tercer evangelio, a pesar de la oposición que encuentra el Maestro, Él continúa su enseñanza utilizando diversos modos, esperando que los oyentes se dejen interrogar por sus palabras. Veamos, a continuación, si estas palabras siguen interrogando hoy a los lectores creyentes del Evangelio.

El relato comienza con la presentación de dos personajes diferentes por diversos motivos: por la situación social (uno es rico y el otro es pobre); por el aspecto físico (uno está vestido ostentosamente y el otro está cubierto de llagas); por el alimento (el rico banquetea diariamente y Lázaro desea alimentarse); por el espacio (la mesa del rico y la puerta donde el pobre está echado); por el nombre (uno no tiene nombre, mientras que el otro se llama Lázaro, que significa «Dios ha ayudado» o «Dios ayuda»). El autor muestra las diferencias entre los dos estilos de vida y, sobre todo, evidencia que, a pesar de la cercanía, no existe ningún contacto entre los personajes. Probablemente, no haya peor indiferencia que aquella de quienes se encuentran cerca.

La narración de la muerte de los dos protagonistas establece unas nuevas diferencias. Al morir el pobre, los ángeles trasladan a Lázaro al seno de Abrahán, sin hacer ninguna referencia a la sepultura por parte de los hombres. Por el contrario, se indica escuetamente que el rico es sepultado, sin indicar por quién ni cómo y, sobre todo, sin hacer mención a qué ocurre después. La muerte ha “tratado” por igual a ricos y pobres, como recordaba Jorge Manrique: «Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir / allí van los señoríos / derechos a se acabar / e consumir; / allí los ríos caudales / allí los otros medianos /e más chicos, / que allegados, son iguales / los que viven por sus manos / que los ricos». Sin embargo, la esperanza en la resurrección diferencia a los creyentes de quienes no lo son, porque «Tú nos dijiste que la muerte no es el final del camino, que aunque morimos no somos carne de un ciego destino».

El amplio diálogo con Abrahán marca un nuevo inicio en la parábola. Abrahán, interlocutor del hombre rico, es una figura cargada de autoridad, quien habla en nombre de Dios. El mensaje del patriarca es claro: la escucha de las palabras de los profetas («tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen»). La respuesta de Abrahán, que sabe de la importancia de la escucha, subraya que son los hermanos del hombre rico quienes tienen que escuchar. De esta forma, el mensaje, que en el relato no llega a los hermanos del hombre rico, traspasa las fronteras de la parábola, dirigiéndose directamente a los destinatarios de la misma (fariseos, discípulos, comunidad lucana…) y al lector del evangelio. A todos, sin excepción, se les recuerda el mandato de escuchar a Moisés y a los profetas.

La parábola propone pasar de la escucha de las palabras al anuncio de la Palabra. Gracias a la escucha de la Escritura y la obediencia de sus palabras, la parábola de San Lucas proporciona, dentro del contexto del camino a Jerusalén, un amplio abanico de significados y potencialidades que producen el encuentro entre los hombres y el encuentro con Dios. En efecto, la “llave” de la conversión, la “llave” del equilibrio de las relaciones materiales y la “llave” de la escucha de Moisés y los profetas abren tantas puertas como para que estas no se conviertan en obstáculos. Las “llaves”, funcionando a modo de puentes, evitan que se creen distancias insalvables entre los que “están dentro” y los que están “a la puerta”, en definitiva, acerca los grandes abismos que pudieran distanciar a quienes Dios quiere cerca de Él.

Isaac Moreno Sanz,
Dr. en Teología Bíblica y rector del Seminario Diocesano

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