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Domingo II Tiempo Ordinario – A

Vidriera
Publicado:
13 enero, 2023
Vidriera del Cordero. Foto de Francisco Xavier Franco Espinoza. Licencia Cathopic.

«Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29-34)

Hemos concluido con la fiesta del Bautismo de Jesús el tiempo de Navidad, y comenzamos el Tiempo Ordinario acompañando a Jesús en el itinerario de su vida pública. Después de recibir el Espíritu Santo Jesús se pone en camino para anunciar el Reino de Dios; nosotros bautizados recibiendo el mismo Espíritu Santo nos ponemos en camino detrás de Él para descubrir el sentido de nuestro ser hijos de Dios y nuestro compromiso cristiano. Este domingo la Iglesia celebra la Jornada de la Infancia Misionera, una invitación a que los niños se sientan misioneros, anuncien el mensaje del Evangelio, y tengan presente a todos aquellos niños que todavía no conocen a Jesús. El lema de este año es: UNO PARA TODOS Y TODOS PARA ÉL”, invitación a vivir la comunión, a vivir la unidad y a sentirnos parte de esa gran familia de los hijos de Dios, que Jesús anuncia cuando habla del Reino de Dios. En el Evangelio de hoy (Jn 1,29-34) Juan el Bautista presenta a Jesús como el Cordero de Dios, imagen que evoca aquel “Cordero” que era sacrificado para la Pascua judía, y que de alguna forma nos pone a Jesús como el centro del Misterio Pascual de Salvación. Juan el Bautista se presenta como “el testigo” y nos invita a todos a ser testigos del resucitado en nuestras vidas. Nosotros los bautizados que seguimos a Jesús asumimos el compromiso de ser testigos del resucitado en medio de nuestras parroquias, de nuestras familias, de nuestros grupos laborales o de ocio. Como Juan el Bautista nosotros presentamos a Jesús como aquel que es capaz de cambiar nuestra vida, somos instrumentos en las manos de Dios para que Él pueda llegar a los que le necesitan. Viendo a Jesús venir hacia él, Juan el bautista le presenta como el Mesías. Da testimonio. Y algunos discípulos, escuchando este testimonio —discípulos de Juan— siguieron a Jesús; fueron detrás de Él y se quedaron contentos: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41). Han escuchado la presencia de Jesús. ¿Pero por qué han encontrado a Jesús? Porque ha sido un testigo, porque ha habido un hombre que ha dado testimonio de Jesús. Así sucede en nuestra vida. Hay muchos cristianos que profesan que Jesús es Dios, hay muchos sacerdotes que profesan que Jesús es Dios, muchos obispos… ¿Pero todos dan testimonio de Jesús? ¿O ser cristianos es como… una forma de vivir como otra, como ser hincha de un equipo? O como tener una filosofía: “Yo cumplo los mandamientos, soy cristiano, tengo que hacer esto…”. Ser cristiano, en primer lugar, es dar testimonio de Jesús. Lo primero. Y esto es lo que han hecho los Apóstoles: los Apóstoles han dado testimonio de Jesús, y por esto el cristianismo se ha difundido en todo el mundo. La actitud del Bautista en este pasaje es la de quien, por etapas, progresa en la fe y en el conocimiento de Dios: primero dice que no lo conoce (Jn 1,31), luego ve en Él al “Mesías que sufre” (Jn 1,29), finalmente al “Santificador” (Jn 1,31) y al “Hijo de
Dios” (Jn 1,34). Esta actitud es válida también para nosotros, porque nos enseña a acoger a Cristo como Aquel que, por medio del Bautismo, establece en nosotros una nueva realidad, una “nueva creación”, un nuevo reino: aquello que es vivificado por el Espíritu Santo; pero también nos enseña a comenzar un viaje de fe, en el que nos sentimos cada vez más comprometidos a dar testimonio de Cristo no solo como el “Hijo del hombre”, sino también como el “Hijo de Dios” que ha venido a quitar la raíz de todo mal del corazón del hombre. Todo esto evoca la imagen delicada y conmovedora del Cordero con el que Juan el Bautista “manifestó” a Cristo al mundo, en ese día a lo largo de las orillas del Jordán. Debemos tener una mente y un corazón abiertos para recibir esta manifestación, que no pretende ser tanto un conocimiento del misterio de Cristo como nuestra inmersión en su vida divina. Como aparece claramente tanto en la primera como en la segunda lectura, es una salvación universal, que tiene un carácter espiritual. En Isaías se habla de una gran luz, que traerá a las naciones el conocimiento del único Dios verdadero y su enviado, Cristo el Señor. De hecho, el viejo Simeón saludó al niño Jesús, cuando sus padres lo presentaron en el templo como: “Luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo de Israel” (Lc 2,32). Precisamente, de Cristo, luz y salvación, necesitan los hombres hoy, como ayer: los que están cerca y los que están lejos, los que creen y los que no creen.

Emigdio del Toro Medina.

Sacerdote diocesano y delegado diocesano para las misiones y cooperación con las iglesias.

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