El Evangelio de este V domingo de Cuaresma nos recuerda lo distinto que son los pensamientos de Dios y los pensamientos de los hombres. Este pasaje evangélico que nos presenta a Jesús, la mujer adúltera y los fariseos nos ayuda a contemplar el rostro amoroso y misericordioso de Cristo, ese rostro que se compadece ante la debilidad humana y que siempre está dispuesto a acoger y perdonar.
A los escribas y fariseos, que eran considerados los grandes sabios y maestros de la ley, no les gusta ver que la gente siga y escuche a Jesús, pero la gente lo sigue y escucha porque en sus corazones pueden distinguir la verdad y saben que enseña con autoridad y, sobre todo, con su ejemplo. Los escribas y fariseos, con el corazón lleno de hipocresía, presentan a Jesús a la mujer adúltera. Se acercan al Maestro no porque quieran saber realmente lo que piensa sino para tentarlo. Ellos se preguntan que hará Jesús en este caso: ¿Aplicará la ley? ¿Será justo? ¿Será compasivo? ¿La juzgará? Ellos tenían las palabras preparadas para cualquier respuesta humanamente esperada pero se olvidan de que la Persona ante la que están no solo es verdadero Hombre sino, también, verdadero Dios.
Todos somos conscientes de nuestra debilidad y de la facilidad con que caemos en el pecado sin la gracia de Dios. El Señor les da una lección a los fariseos y les hace ver que sólo Dios puede juzgar los corazones de los hombres porque sólo Él los conoce perfectamente. Ellos empiezan a retirarse uno a uno porque se dan cuenta de que todos merecerían un castigo si Dios fuera únicamente justicia. La respuesta que da a los fariseos nos enseña que Dios aborrece el pecado pero ama hasta el extremo al pecador y siempre está dispuesto a ofrecernos nuevas oportunidades.
Así es como Dios se revela como infinitamente justo y misericordioso. Al final del Evangelio vemos que Cristo perdona los pecados de la mujer y a la vez la exhorta a una conversión de vida. Para esto ha venido el Hijo de Dios al mundo, para redimirnos de nuestros pecados con su Pasión y Muerte. El periodo de Cuaresma nos ofrece constantes oportunidades para que también en nosotros se de esa conversión de vida y con la ayuda de la gracia de Dios sepamos descubrir en nuestros corazones lo que está mal y al mismo tiempo dejar la puerta abierta al amor, al perdón y a la reconciliación.
Recordemos el ejemplo vivo de tantos sacerdotes que, cuando nos acercamos al Sacramento de la Reconciliación, saben ver la desgracia del pecado pero al mismo tiempo acoger con amor al pecador así como Cristo lo hizo con la mujer adúltera.
Proyecto Amor Conyugal