«Devuélveme la alegría de tu salvación»

Publicado:
17 febrero, 2026
Carta del Obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, con motivo del comienzo de la Cuaresma de este año 2026.

El versículo 14 del Salmo 50, que da título a este escrito, es un buen resumen de lo que puede ser el tiempo de la Cuaresma, que desemboca irremediablemente en la Pascua. Es también el corolario de lo que es el camino de conversión que nos propone la Iglesia en este tiempo santo, en que preparamos la Pascua de Resurrección. Domingo a domingo la liturgia cuaresmal nos irá llevando de la mano, para que vayamos creciendo en la conversión, en la vuelta al Señor. En el primer domingo resonará en nuestros oídos el Evangelio de las tentaciones, en el segundo la transfiguración, en el tercero el encuentro del Señor con la Samaritana, en el cuarto el milagro del ciego de nacimiento, y en el quinto, la resurrección de Lázaro.

Es un camino que vamos a recorrer con la Palabra de Dios, alimento para el peregrino, pues no sólo de pan vive el hombre. Es toda una invitación a abrir el oído. Como nos recuerda el Libro de Job: «Dios habla de un modo u otro, aunque no nos demos cuenta: en sueños o visiones nocturnas, cuando cae el sopor sobre el hombre, cuando está dormitando en su cama. Abre entonces el oído del hombre e inculca en él sus advertencias» (Job 33, 14-16). Abramos, pues el oído, para que la Palabra llegue a nuestros corazones.

La piedad popular que nuestras hermandades y cofradías promueven son el legado de siglos sobre cuestiones profundas de nuestra fe católica. Los misterios de nuestra Redención contemplados a través de las imágenes sagradas, son como una concreción de lo que la Palabra de Dios quiere sembrar en nuestros corazones. Como decía Benedicto XVI: «La Palabra aquí no se expresa principalmente mediante un discurso, con conceptos o normas. Aquí nos encontramos ante la persona misma de Jesús. Su historia única y singular es la palabra definitiva que Dios dice a la humanidad. Así se entiende por qué « no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva » (Verbum Domini, 11).

Ese encuentro personal con Cristo Jesús es la razón de la existencia de la Iglesia, y por lo tanto, también el de las hermandades y cofradías que son asociaciones públicas de fieles de la misma. Así, toda la vida de una hermandad ha de girar en torno al encuentro con Jesucristo. En la Cuaresma, todo, la oración, el sacrificio, la limosna, las manifestaciones de la piedad popular (cultos penitenciales, Vía Crucis, estaciones penitenciales, besamanos, etc..) han de tener como último objetivo nuestro encuentro con Jesús. De ahí la insistencia de este tiempo santo en los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía, en los cuales se produce un encuentro privilegiado con el Señor: amoroso, reconciliador, misericordioso, fortalecedor, impulsor de las buenas obras.

En ese encuentro con el Señor se produce la devolución de la alegría de la salvación. La alegría es sinónimo de la Pascua, y nos preparamos a ella purificando nuestro corazón, una purificación que realiza Cristo, con el que nos encontramos personalmente en su Palabra y en los santos sacramentos.

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