Hay objetos, presentes en nuestras vidas, que son esenciales para entender nuestras poblaciones, su organización, su día a día… pero que en ocasiones pasan muy desapercibidos. Uno de estos elementos son las campanas de nuestras iglesias. Su toque diario nos habla de las celebraciones religiosas, de los días festivos o de las jornadas luctuosas. Tienen un idioma particular en cada templo, y gracias a ellas podemos entender qué ocurre en nuestra población.
Las campanas ya se usaban en la edad media, con ellas se congregaba a los fieles a misa, o también a distintos rezos como el Ángelus. Son instrumentos especiales, tienen voz.
Esto es lo que ocurre en Moguer y concretamente con las campanas de su parroquia, Santa María de la Granada, ellas dialogan entre sí e informan a la población. La torre moguereña, aquella giralda juanrramoniana, tiene seis campanas, dos son esquilas (las que voltean) Santa Cecilia y María Inmaculada; tiene la San Rafael, la San José, la San Miguel (que es la que está más alta y da los toques del reloj) y la Santa María de la Granada. Esta última es la campana de mayor tamaño de la torre y, quizás, una de las mayores proporciones de la diócesis. Moguer siempre ha tenido un vínculo especial con ella, ya que era la que tocaba en los repiques solemnes, en los funerales por el Papa, Rey o clero, también avisaba de los peligros (los fuegos en los montes…), etc. Incluso el Nobel moguereño Juan Ramón Jiménez le otorga un especial protagonismo en el capítulo LXVI de Platero y yo, Fuego en los montes, cuando el sonido de la campana avisa de un incendio en los campos cercanos a Lucena del Puerto. Esta es la más conocida de la ciudad.
El moguereño Celestino Pérez-Ventana en su obra APUNTES HISTÓRICOS REFERENTES A LA CIUDAD DE MOGUER, de la cual se cumple este año el centenario de su publicación, nos hablaba de una inscripción que tenía grabada en su bronce:
Jesús María de la Granada me llamo,
ciento cincuenta quintales peso,
el que no se lo crea, que me coja en peso,
me dé una vuelta por la plaza
y luego me suba a mi casa[1].
Esa centenaria campana se quebró y hubo necesidad de hacerla de nuevo. Para fundirla, cosa que se hizo en el mismo Patio de los Olivos[2] de la parroquial moguereña, se trajo a un fundidor valenciano. Entre el gremio de fundidores de campanas de Valencia no era raro desplazarse por Andalucía para realizar nuevas campanas en las poblaciones donde se les requería. Hubo sagas de fundidores itinerantes.
Lo primero que había que hacer era bajar la campana. Pero como ya estaba rota no había necesidad de hacerlo con cuidado, se decidió que se tiraría desde el campanario al porche de la iglesia. Los leñadores de Moguer trajeron muchas cargas de copas de pinos, la parte superior donde están las ramas, que se ubicaron bajo la torre, llegando hasta el primer balcón de la misma. El artesano fundidor, liberó la campana de las cogidas donde estaba fijada y esta cayó al suelo desde casi 30 metros de altura. En su recorrido dañó algo los balcones de la torre y se clavó directamente en el suelo. Se dice que la torre perdió levemente su verticalidad debido a este acontecimiento.

Los moguereños, curiosos, se acercaban al Patio para ver como aquel artesano, que era delgadito, con barba cana y siempre tocado de una boina, iba fundiendo el bronce para echarlo en un nuevo molde. Había la creencia que si ese bronce llevaba una buena aportación de oro y plata el metal sonaría mejor, por eso algunos arrojaron al crisol monedas para ese fin. La campana se terminó y había que bendecirla para poderse usar. En el Archivo Diocesano de Huelva[3] encontramos un documento firmado por el Rvdo. D. José Domínguez Pabón, cura párroco y arcipreste de la ciudad, solicitando al Cardenal Arzobispo de Sevilla permiso, y las necesarias facultades, para bendecir la nueva campana, la cual, ante la falta de fondos por parte de la parroquia, había sido sufragada por suscripción popular. Está fechado el día 22 de septiembre de 1926. En el mismo documento, y escrito a máquina, vemos que se indica: Sevilla 28 de septiembre de 1926. Como se pide. Y la firma manuscrita del Cardenal Arzobispo (lo que nos deja claro que los asuntos eran despachados personalmente por el Prelado). En aquellos momentos ocupaba la sede hispalense D. Eustaquio Ilundáin y Esteban[4]. El porqué de ese permiso lo encontramos en el Ritual Romano. Las campanas se bautizan (se les ponen nombres concretos) o se consagran con una oración específica. Y esto ha de hacerlo el Obispo o un sacerdote por delegación suya (como en el caso que nos ocupa). Las campanas tienen un gran poder espiritual, alejan a los malos espíritus, y, sirven para congregar al Pueblo de Dios y recordarles la recompensa de la eternidad. Su sonido sirve para alejar a los agentes meteorológicos dañinos: el rayo, la tormenta, el trueno, el granizo….
Tras llegar la carta de respuesta a Moguer, se supone que la campana sería bendecida a inicios de octubre de 1926. Este acto, tal y como manda el Ritual, se hacía antes de colocarla en el campanario, por lo que se ubicaba en una estructura donde se mantenía elevada y se podía rodear. En ese momento solo se hacía una bendición sencilla, antaño estaba revestida de más simbolismo, se ungía con óleo, etc.

Para la subida de la campana hubo de organizarse una buena. Se colocaron unas carruchas en la parte del campanario, esas tenían unas cuerdas para tirar de la campana, pero, debido al peso de la misma, hubieron de traerse del Puerto de Moguer las maromas con las que se amarraban los barcos al muelle de La Ribera en el Río Tinto. Y una multitud de hombres, tirando desde la cercana plaza del Marqués, la izaron hasta el campanario, dónde quedó fijada hasta el día de hoy. Todo esto fue presenciado por cientos de moguereños expectantes.
Este acontecimiento, que tantas veces oí de labios de mi abuela María Orta Quintero, lo he visto corroborado en un documento de nuestro Archivo Diocesano, donde se guardan importantes tesoros documentales, muchas de las veces desconocidos, y también, detalles de la vida cotidiana de nuestras villas, pueblos y ciudades.
Juan Manuel Moreno Orta.
Archivero Diocesano de Huelva.
[1] Al fundirse la nueva campana esta inscripción desapareció.
[2] La parroquia de Moguer tiene tres patios. El primero y que da a la calle (con puerta al templo) es el Patio de los Naranjos, el segundo al que se accede a través del anterior y que comunica con la Sacristía del Manil, es el llamado Patio de los Olivos, y existió, hasta la marcha de los padres capuchinos, años 90, un patio que era conocido como Patio del Limón, ubicado tras la Sacristía Mayor y con acceso desde el almacén de los reclinatorios (hoy Sala San Juan Pablo II).
[3] Archivo Diocesano de Huelva. Sección Gobierno nº 70. Moguer (1894 – 1938).
[4] Eustaquio Ilundain y Esteban nació en Pamplona el 20 de agosto de 1862. Ocupó los cargos de obispo de Orense (1905-1920) y arzobispo de Sevilla (1920-1937). Fue nombrado cardenal en 1925. Falleció en esta última sede el 10 de agosto de 1937.







