Queridos diocesanos:
La celebración del Día de la Iglesia Diocesana nos depara una ocasión para reflexionar sobre nuestra pertenencia eclesial. No somos Iglesia en solitario, sino en una comunidad diocesana, en la que pastores, vida consagrada y laicos jugamos un papel insustituible para la edificación del Cuerpo Místico de Cristo.
Toda la actividad eclesial gira en tomo a tres aspectos: la evangelización, la celebración de la fe y la caridad. En tomo a esos tres aspectos se desarrolla en la comunidad diocesana una serie de actividades que, impulsadas por el Espíritu, necesitan el concurso de todos sus miembros. El Día de la Iglesia Diocesana quiere ser un momento especial para nuestro crecimiento en la conciencia de Iglesia particular de Huelva. Caminar juntos, pastores y fieles, en el seguimiento del Señor en la Iglesia que peregrina en nuestra tierra, es lo que pretende la sinodalidad que tanto se está promoviendo ahora. Cada uno, desde su misión en la Iglesia, ha de contribuir al crecimiento de la presencia de la misma en nuestro mundo, para anunciar, celebrar y testimoniar al Señor en nuestra querida Huelva.
Con motivo del Día de la Iglesia Diocesana, los organismos competentes mostrarán la realidad de nuestra Diócesis onubense en cifras y números, que, más allá de los mismos, nos están hablando de la vitalidad de nuestra Iglesia diocesana, y del empeño de nuestra comunidad eclesial por responder a las aspiraciones y necesidades espirituales y materiales de nuestros hermanos. Nada de esto sería posible sin la generosidad y el espíritu eclesial de tantos y anónimos miembros de nuestra Iglesia diocesana.
Lo que la Iglesia diocesana hace, lo hace para imitar a Cristo, que pasó haciendo el bien. Es un momento para dar gracias a Dios por la entrega y dedicación de los sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, y de tantos fieles, a la vida diocesana.
Es, también, un momento para requerir de todos lo que nos recuerda uno de los mandamientos de la Santa Madre Iglesia: «Ayudar a la Iglesia en sus necesidades». Y ayudar a la Iglesia supone aportar cada uno según sus posibilidades. Para unos será el tiempo del que disponen, para otros la entrega fiel y constante en las tareas cotidianas a través de sus parroquias. Y, para todos, la comunicación de los bienes según las posibilidades de cada uno. La contribución económica al sostenimiento de la Iglesia diocesana es también una concreción de esa ayuda a la Iglesia en sus necesidades. Y estas necesidades son claras, son las de nuestra sociedad, a la que pretendemos servir como Cristo sirve.
Con todo afecto en el Señor os bendigo.







