Ya próximos a la Semana Santa, sería bueno profundizar en cómo Dios nos ha amado, contemplando a Jesús en toda su pasión, dando su vida por nosotros. La compunción, el dolor por los propios pecados, es una gracia de Dios que nos limpia el corazón: “Tener lágrimas de compunción es arrepentirse seriamente de haber entristecido a Dios con el pecado; Es «demandar […] dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas, pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí». (Dilexit nos, nº 159).
La Madre Luisa vivió, a lo largo de su vida, con ese sentimiento de honda compunción de sus pecados. Lo expresa en varias de sus íntimas poesías con las que desahogaba su alma. Perdón, llanto, arrepentimiento, culpa…son palabras habituales que se descubren en sus versos.
¿Cuál fue su gran pecado? En su escrito sobre el Origen de la Obra, la Madre cuenta cómo, a los principios de su andadura atendiendo a los enfermos, dejó de visitarlos. Como el profeta Jonás, sentía el peso de la misión y huyó. Pero el Señor intervino, mediante dos sueños dolorosos para ella, y la tornó al camino trazado[1].
Podía haber alegado que estuvo bastante enferma en aquella época (“Es cierto que en estos años estuve muy enferma —alternaba temporadas mejor con otras fatales—, tanto que me pasaba meses enteros en la cama por prescripción del médico”)[2]. Además, su alma estaba en una gran oscuridad, con muchas tentaciones. Por otra parte, su padre se oponía a que Luisa expusiera su vida con los enfermos. A pesar de estos justificantes, la Madre no se excusa, al contrario, carga con todo el peso de la culpa, hablando de sí misma de este modo:
«¿Cómo se puede calificar esto? ¡Qué dureza, qué rebeldía! Yo no encuentro palabras, de verdad. Me gustaba la vida fácil, cómoda, a capricho, esa es la verdad. Menos mal que el Señor, en su infinita misericordia, me mandaba muchos males corporales bastante penosos, que algo servirían de contrapeso. Porque eso sí tenía, que los males que me mandaba el Señor —a veces dolores muy fuertes—, siempre los recibí no ya con resignación, sino con alegría, con una alegría alborozada en el fondo de mi alma, porque pensaba que, ofreciéndolo al Señor, me perdonaría mis muchos pecados e infidelidades»
Cuando en sus escritos habla del pecado que cometió, dejar de atender a los enfermos por una temporada en los principios, este fue siempre ¡¡su gran pecado de omisión!!, que lloró intensamente a lo largo de su vida. Estos versos, entre otros, expresan ese gran dolor:
¡Señor, que vea! fue el grito
del ciego de Jericó.
¡Señor, que vea! repito
traspasada de dolor.
La culpa manchó mi alma
y ciega va por la vida,
sin hallar dicha ni calma
en tormentos consumida.
Yo supe de mi destino
yo supe de tu querer;
yo empecé a andar mi camino
y en él hallaba placer.
Mas un día…¡olvidé todo!
algo en mi alma cayó.
Fue un salpicón de aquel lodo
del que tanto siempre huyó.
Hoy renace la esperanza
en mi pobre corazón
que se humilla a ver si alcanza
de Ti, Jesús, el perdón.
¡Misericordia de mí!
hoy Señor, te pido yo
como aquel día te pidió
Jesús, Hijo de David,
el ciego de Jericó.
(Señor, que vea. Madre Luisa, 1950)
Su profundo arrepentimiento se prueba por su disposición a los sufrimientos, los cuales fueron una constante a lo largo de su vida (“…Siempre ofrecí gustosa y animosa mis frágiles hombros a la cruz”):
¡Perdón te pido humillada
y si no basta mi llanto
viviré crucificada
con mi Nazareno santo!
(Nazareno, M. Luisa, 2015)
Como resultado de su profunda compunción, unida a su disposición a la cruz, el Señor le regaló la gracia de sentirse perdonada:
y cuando me arrepentí
hallé que me sonreías.
A Jesús Nazareno (M. Luisa, 2015).
Celia Hierro Fontenla, sobrina de la Madre Luisa y
Postuladora de su Causa de beatificación.
[1] Ver los dos sueños de Luisa, La Madre Luisa Sosa, testigo y apóstol de Jesús Nazareno, p. 92
[2] La Madre Luisa Sosa, testigo y apóstol de Jesús Nazareno, p. 195



