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Comentario a los evangelios del domingo XXXI del Tiempo Ordinario – B y de la Solemnidad de Todos los Santos

Publicado:
29 octubre, 2021

Foto: El sermón de la montaña. James Tissot (1895-1897). Museo Brooklyn, Nueva York (EE.UU.)

«El secreto de la ley» (XXXI Domingo T.O.-B)

En el judaísmo había 248 mandamientos y 365 prohibiciones, es decir, 613 preceptos. Era imposible obedecerlos todos. Por eso los rabinos trataba de resumirlos lo más posibles. Había una regla que era conocida en aquel tiempo: «No hagas a tu prójimo lo que no te agrada a ti». El rabino que hace la pregunta sigue otra regla: «Amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo». Hace la pregunta porque quiere saber si Jesús ha encontrado un modo mejor de resumirlo todo. Jesús está de acuerdo con él, pero añade: «Haz esto y vivirás». El amor es el secreto de la ley. Pero no es suficiente con saberlo. Es necesario vivirlo en la cada instante.

Dos son las dimensiones de la vida humana que pueden hacer de ella algo con pleno sentido: la primera se refiere a la relación del hombre con Dios. Es la línea de la eternidad. La segunda se refiere a la relación con los demás. Es la línea del tiempo. Ambas se cruzan en el corazón, como los travesaños de una cruz, y por eso, en lo más íntimo, en lo más profundo, son una sola. En ese punto de encuentro lo divino se hace humano, lo eterno se hace historia y lo infinito, pequeño. Dios se acerca al hombre. En ese punto de encuentro lo pequeño se hace inmenso, lo humano es divinizado y lo temporal adquiere un valor eterno. El hombre encuentra a Dios. El corazón es, pues, un lugar de encuentro.

Así lo entendió Jesús y así lo entendemos los cristianos desde el principio: El amor a Dios y el amor a los demás son la misma cosa. No se puede amar a Dios de verdad sin amar al prójimo. No se puede amar al prójimo de verdad sin amar a Dios. Y sin amor ¿para qué sirve la vida?

«Bienaventurados» (Solemnidad de Todos los Santos)

Sorprendentes y difíciles, las bienaventuranzas son uno de los textos más genuinos del evangelio. Cuando Jesús las proclamó ante la multitud, debió causar estupor y hasta irritación en más de uno. Hoy preferimos suavizar su contenido y entenderlas como un ideal inalcanzable, como una utopía hacia la que se camina con la conciencia de que nunca lograremos realizar su contenido. La Iglesia las proclama en esta fiesta para recordar a los cristianos el ideal del evangelio anunciado por Jesucristo.

La dificultad de estas máximas radica en que su contenido choca con la mentalidad del ambiente. ¿Quienes son hoy admirados y considerados dichosos? Los ricos, los que se dan una buena vida, los poderosos, los famosos, los que pueden imponer su voluntad, los que viven sin problemas… Más aún: alguno hasta piensa que la doctrina del sermón de la montaña es una invitación a la sumisión, a la resignación, a soportar sin quejas los males de la vida.

La verdad es que las cosas van mucho más allá: pobre de espíritu es el hombre que se presenta ante Dios sin nada que lo haga merecedor de premios o alabanzas. Por eso sólo él entiende la misericordia. El rico, por el contrario, prefiere hablar de justicia, como le ocurría a los fariseos. Jesús, al comienzo del sermón de la montaña, antes de exponer las líneas esenciales de su programa, hace un retrato de quienes formarán parte del reino y da siete rasgos de los pobres de espíritu: serán hombres sin rencores, de corazón manso y humilde; expertos en sufrimiento y, por ello, sensibles ante el sufrimiento ajeno; sedientos de que la justicia de Dios sane el corazón humano; misericordiosos y, por ello, abiertos al perdón; de corazón limpio, es decir, sin doblez, abiertos a la verdad; pacificadores, constructores de una paz estable, basada en la justicia; y perseverantes en la persecución. Es el retrato de lo que deben ser los discípulos de Jesús -un ideal difícil, pero no imposible-.

El cristiano ha de saber que hay una felicidad distinta de la que ofrece el mundo, más profunda, auténtica y estable: la que experimenta un corazón centrado en los valores del evangelio, que comprende la naturaleza efímera de todo y no se deja atrapar por nada. La Iglesia predica esta enseñanza el día en que recuerda a todos aquellos que, a lo largo del tiempo, han vivido de acuerdo con esos valores en el anonimato y con sencillez. Los santos de este día son los pobres de espíritu que han vivido en lo secreto el mensaje de Jesús y Dios, que ve en lo secreto, ha dado cumplimiento a sus más profundos deseos. La fiesta que celebramos viene a recordarnos nuestro destino y cada uno vive ese recuerdo desde su propia condición.

Francisco Echevarría Serrano,
Licenciado en Sagradas Escrituras y vicario parroquial de Punta Umbría.

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