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«Con gran poder y gloria», comentario al Evangelio del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario − B

Publicado:
12 noviembre, 2021
Foto: El Juicio Universal. Miguel Ángel (1536-1541). Capilla Sixtina, Ciudad del Vaticano.

Cuando el año litúrgico está terminando (el próximo domingo será el último, en el que celebraremos la fiesta de Jesucristo Rey del universo), la Iglesia nos muestra el camino para alcanzar la meta que conduce a ella. El final no es otro que Jesucristo, que, como hombre, representa el culmen del universo alcanzada ya en su propio ser; y, como Hijo de Dios, constituye nuestro encuentro definitivo en el seno de la Santísima Trinidad. Por medio de Él, el universo, el hombre y la historia completan su caminar por la vida para desembocar en la eternidad, como los ríos van a dar a la mar.

Hay un gran paralelismo entre la lectura del libro de Daniel y el discurso escatológico de Jesús, que nos presenta el evangelista san Marcos. Ambos ponen sus ojos al final de los tiempos movidos por la misma intención. El libro de Daniel fue escrito en tiempos de persecución de la fe y el culto al Dios de Israel bajo el dominio seleúcida, a principios del siglo II a. C., para invitar al pueblo judío a mantenerse fieles a Dios hasta la muerte, firmemente anclados en la promesa de la resurrección y la salvación. (La alusión al fin de los tiempos queda clara por la mención de la resurrección de los muertos). Entonces los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad; en cambio, los impíos resucitarán para vergüenza e ignominia eterna. Habrá discriminación entre buenos y malos, porque el pecado no tiene cabida en Dios. Jesús dice que los que vivan en la tierra por aquellos días verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria; enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.

No es entonces temor, lo que el fin del mundo nos tiene que traer, a pesar del lenguaje apocalíptico con que se expresa, sino esperanza, como los dolores de parto, que anuncian la llegada al mundo de una nueva criatura. El mundo no acabará en ruina, sino que alcanzará su plenitud, en una maravillosa perfección.

El fin de este mundo está inscrito en su condición de criatura, pero, porque Dios lo llamó a la existencia, está destinado a perdurar, ya que Dios es fiel a sí mismo (no es primero sí y luego no) y es fiel a sus criaturas, en las que ha inscrito una expectativa de permanencia. la devastación del mundo es el paso necesario para transformarse en un mundo nuevo, que, siendo el mismo, participe de la eternidad de Dios, aunque no indiscriminadamente, sino santificado para ser digno de Él.

El pecado es lo único que no es digno de Dios y no tiene lugar en Dios. Pero el pecado fue abolido por el sacrificio del Hijo de Dios, en virtud del cual fue invitado a sentarse a la derecha del Padre y obtuvo la santificación de sus hermanos y la derrota de sus enemigos. No obstante, la victoria completa aún no ha tenido lugar, sino que se va perfeccionando en el tiempo de la historia hasta la venida gloriosa del Hijo del hombre como un ser celestial.

El mundo vino a la existencia por la decisión exclusiva del Creador, sin contar con el hombre, que apareció hace tan sólo unos 200.000 años, formado de las entrañas del cosmos, aunque no enteramente, sino también del aliento divino infundido en las nariz de Adán; en cambio, el fin de los tiempos tendrá el sello de la acción del hombre. Todos contribuimos por acción u omisión, a la configuración del mundo, no de manera mecánica, natural y fatalista, sino libre y voluntaria, de ahí nuestra responsabilidad y el hecho de que no todos participaremos de la misma manera en el triunfo del Hijo del hombre, que vendrá a culminar la obra del hombre con su acción divina transformadora.

P. Emilio Rodríguez Claudio,
vicario general de la Diócesis de Huelva

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