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Evangelio IV Domingo de Cuaresma – C

Publicado:
25 marzo, 2022
Foto: El regreso del Hijo Pródigo. Bartolomé Esteban Murillo (1668). Galería Nacional de Washington, EE.UU.

«Domingo laetare; domingo de la alegría» .

Llevamos unas semanas de cuaresma, y llegamos a este cuarto domingo, llamado también «laetare» o «de la alegría». No podemos vivir una cuaresma triste porque nuestro Dios no lo es. Es un domingo para poner la mano en el corazón y mirar cómo es mi experiencia de Dios como padre amoroso.

Me encanta mirar los ojos y la cara de los padres cuando sus hijos hacen algo, o simplemente les cuentas cómo son… Esa mirada o esa cara que ponen se me queda en la retina. Si nosotros, pobres personas, somos así, cuánto más nuestro Padre que está en el cielo. Es lo que pienso al contemplar la parábola del Padre misericordioso que leemos este domingo.

Pero hoy no voy a hablar del que se fue, del que hizo la cosa tan horrenda de pedir la herencia estando el padre vivo, del que vivió (se atrevió a vivir) despendolado y, como consecuencia, tuvo que estar mendigando hasta perder su dignidad (lo más preciado para el ser humano que se sabe hijo de Dios). Hoy voy a hablar del bueno, del hermano mayor que llevamos dentro, del que hace todo bien, del que no le da ni un sofocón al padre, del que va siempre como piden las buenas costumbres, del que se sofoca cuando el hermano se ha ido del hogar dejando un dolor inmenso. Ese hermano grande que juzga al chico como un zángano, derrochón, mujeriego y mil adjetivos más que pudo pensar cuando se atrevió a pedir la herencia. Ese hermano que ya pensaba que todo lo que había en la casa le pertenecería porque el padre había partido ya las cosas entre los dos.

El hermano grande tan diligente y que, con el paso del tiempo, se acostumbra a que no esté en la casa paterna “el degenerado”. Pero el chico viene y el padre lo acoge con una gran alegría porque llevaba años esperando su vuelta. Entonces, el hermano mayor se enfada. Sí, había querido que la familia fuera de otra forma… y, ahora, cuando llega el chico, se da cuenta de que no quiere cambiar los esquemas que se ha fabricado en toda su vida.

Cambiar la mente y el corazón, cambiar los esquemas que has trabajado tanto, ponerse en el lugar del otro, sentir el amor del padre. Quizá es la cuestión: sentir el amor del padre y entender por qué él ama tanto a aquella persona que no entra en mis esquemas de buen hijo. Cómo puede Dios amar a esa persona que no trago. Y yo, no le he pedido nada a Dios y Dios le acoge como si no hubiera pasado nada. Son cosas cotidianas con las que todos vivimos. Y en nuestro interior conviven los dos hermanos, el grande y el chico.

Yo cumplo, yo trabajo, yo hago, yo me desvivo, procuro no dejar ni uno de los mandamientos atrás. A lo mejor me falta sentir el amor de mi padre, notar su mirada en mí, posar mi mano en la suya, entender mejor cómo es lo que quiere para la humanidad. A lo mejor me falta un poco más y sentarme después del trabajo y que me enseñe cómo ha de esponjarse mi corazón ante tantas cosas que no entiendo del otro.

En el fondo, los dos hijos tienen necesidad del padre. En el fondo, los dos tienen necesidad de fraternidad para ser una sola familia. En el fondo, los dos han de convertirse al corazón del padre y disfrutar más del amor.

Así que, buen Domingo Laetare. Alegrémonos todos juntos porque el corazón de Dios es el que nos invita a latir al mismo ritmo del amor.

María Jesús Arija García,
Lda. en Teología y profesora de Religión Católica en Almonte

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