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III Domingo de Cuaresma – C

Publicado:
16 marzo, 2022
«De los diamantes no nace nada; del estiércol crecen las flores». Comentario al Evangelio del III Domingo de Cuaresma del Ciclo C, por Isaac Moreno Sanz

Seguimos en el camino cuaresmal, escuchando en este III Domingo de Cuaresma el primer encuentro de Moisés con el Dios de su pueblo (cf. Éx 3,1-8a.13-15). Moisés, sensible al dolor de su gente, fugitivo por vengar a un esclavo hebreo asesinado (Éx 2,11-25), ahora comienza a comprender por qué ha llegado hasta allí y cuál es el proyecto de Dios para él y, sobre todo, para su pueblo.

La idea de que Dios se presenta en un fuego era común y continúa siéndolo en el mundo bíblico (cf. Hch 2,3). El fuego tiene la capacidad de transformar lo que toca, ya sea de manera positiva y controlada (cocinar alimentos, transformar el barro en cerámica, calentar en las noches de frío), ya sea por su acción destructiva y purificadora al reducir la materia a polvo. El fuego que no se consume atrae a Moisés, extrañado y asombrado por lo que sucede, mientras que muestra a Dios que domina la situación y el sentido de aquel momento. Se produce el encuentro donde Moisés se tapa la cara, temeroso de ver a Dios, y el Señor muestra que ha contemplado a su pueblo.

El encuentro propicia un rico diálogo, mostrando que es posible hablar cuando se está preparado para escuchar. El proyecto de salvación para el pueblo (Éx 3,7-10) requiere de un protagonista con nombre propio: Dios, el Señor (Éx 3,13-15). El nombre de Dios –unido a los nombres de los patriarcas−, revelan el carácter, recuerdan la promesa y anticipan la Alianza: lo que Dios revela es su decisión de estar con su pueblo y acompañar a Moisés en la gesta de liberación.

El encuentro del Señor con Moisés y el conocimiento de la historia de salvación del pueblo de Israel muestran constantemente la “paciencia” de Dios. La paciencia indica que es necesario esperar y confiar, porque los ritmos y tiempos del otro no son los míos. El ritmo de la higuera de la parábola del evangelio (Lc 13,1-9) no es el esperado, ¿acaso todos crecemos al mismo tiempo? ¿Los árboles fructifican cuando yo lo necesito? ¿No han tenido paciencia con nosotros a lo largo de nuestra vida?
La Iglesia necesita ser paciente, como Dios lo es con cada uno de los creyentes. Los ritmos, los tiempos y los frutos en cada uno no son una ciencia exacta. Ciertamente, el camino es uno ‒Jesucristo‒ y caminamos en comunidad ‒la Iglesia‒, por tanto nunca estaremos solos, nunca perderemos la esperanza. Probablemente la paciencia no sea más que comenzar a vivir la esperanza: el paciente es aquel que sabe esperar, confiar, amar.

La higuera de la parábola, como Moisés o Abrahán plantean un interrogante: si Dios quiere la salvación de todos los hombres ¿cómo es que se dirige a uno solo, Moisés? ¿No debería el Señor mostrarse igualmente accesible a todos? La respuesta requiere que comprendamos que el plan de Dios sobre la humanidad es universal, pero ante todo, concreto. Hay muchas higueras, pero la de la parábola es única; hay muchos Moisés, pero Dios se fija en un uno para liberar a todo el pueblo.

En medio de la sociedad que camina sin pastor, Moisés sigue pastoreando al rebaño; inmersos en la cultura del ruido, Dios sigue llamando y Moisés respondiendo “aquí estoy”. Cuando muchos no quieren esperar ni tres segundos, la paciencia de la parábola invita a esperar tres años; cuando se quiere ocupar cada rincón, se respeta el lugar de la higuera, es más, se cava alrededor y se le echa estiércol. No puede ser de otra forma: de los diamantes no nace nada; del estiércol crecen las flores.

Isaac Moreno Sanz,
Dr. en Teología Bíblica y rector del Seminario Diocesano

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