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Domingo XXIV Tiempo Ordinario – C

Publicado:
7 septiembre, 2022
Imagen: "El retorno del hijo pródigo". Rembrandt (1662). Museo del Hermitage, San Petersburgo (Rusia)

«La conversión: tarea del hombre querida por Dios» (Lc 15,1-32)

Las lecturas del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario presentan un tema central: la conversión. Pero ¿Para quién es la conversión? ¿Solo para los pecadores? Está claro que no, también para los justos que tienen que acoger a los pecadores arrepentidos y acompañarlos a la vida en gracia de Dios. A continuación veremos en qué medida la conversión es una tarea del hombre querida por Dios. 

Lucas presenta a Jesús como un maestro en el viaje que le lleva de Galilea a Jerusalén (Lc 9,51‒19,28), proponiendo diferentes enseñanzas sobre el Reino. En el evangelio de este domingo, a través de las parábolas de la misericordia (Lc 15,1-32), Lucas retrata a Jesús ofreciendo una respuesta a una situación que preocupa al hombre: el desconcierto que provoca la conversión de quienes no son considerados dignos

El inicio del texto muestra a los publicanos y pecadores acercándose a Jesús (Lc 15,1-2) en un primer acto de acogida consciente de un vacío que Jesús debe llenar y una obediencia que comienza por escuchar sus palabras. Los pecadores son los futuros conversos, con los que espera alegrarse el cielo. La murmuración es su forma de expresarse: creen controlar una situación que se les escapa y provoca en sus labios el peyorativo “ese”, ese que acoge y se junta con pecadores. 

Jesús es mostrado como predicador rural: “¿Quién de entre vosotros que tiene cien ovejas…?”, manifestando el contraste entre todo el rebaño y la oveja perdida ¿Hay que abandonarlo todo por ella? Es el mismo tono de la pregunta del padre de la parábola que acoge al hijo perdido. Elpastor (Cf. Sal 22; Is 40,11; Ez 34,12) abandona lo que le ocupaba en el momento presente y se concentra en la tarea “hasta que la encuentra”. Respecto a las monedas ‒diez dracmas‒ teniendo en cuenta que es una posesión modesta, se subraya la importancia de encontrar la que se ha perdido: enciende una lámpara, barre la habitación y busca la moneda. 

“Tenía dos hijos” (Lc 15,11-32). La tradición valora al benjamín en detrimento del mayor a pesar de sus defectos, porque encarna la elección divina y recibe la comprensión paterna. El padre repartió lo que permite vivir entre sus hijos (Cf. Eclo 33,20-24. Tob 8,21), como se acostumbraba en Israel, a cambio de que el beneficiado velara por el bienestar de sus padres. Pero el error del hijo menor radica en la dilapidación de la herencia, aunque su desgracia no queda ahí: sufre hambre. Se une a un extranjero que lo manda a trabajar con los cerdos, acarreándose impureza ritual y hasta el punto de querer comer de su alimento. Pero el hijo piensa, desea el abrazo de su padre, aquí comienza su conversión y se levanta. 

Lucas subraya el amor paternal: corre en una actitud inconveniente para un cabeza de familia; abraza a su hijo y lo cubre de besos (cf. Gén 33, 4); no acepta la indignidad de su hijo y lo restablece en su condición con gestos espirituales y materiales. La fiesta para celebrar la conversión del menor desata la ira del mayor (cf. 1 Re 15, 11; Jb 18, 4) en una actitud farisaica: el fariseo está ocupado en sus observancias mientras que el corazón de los pecadores arrepentidos se abre a la gracia. La relación del mayor es guiada por el deber y no por el afecto: “jamás he transgredido una orden tuya”, lo que le hace sentir la injusticia de ni siquiera recibir un cabrito de su padre y no llamar al convertido hermano, sino “ese hijo tuyo”.

La actitud de los hombres y el gesto de Dios que perdona por Cristo se explican de forma impresionante en estas parábolas. El que pretende ser dueño de este mundo se apoya en su riqueza y no soporta la actitud de Cristo que ha comido con los pobres. Dios no se encierra con aquellos que parecen sanos, no se ocupa solamente de los justos. En definitiva, la conversión siempre será una tarea del hombre; una conversión que siempre ha sido buscada, querida y abrazada por Dios.

José Manuel Romero Martín,
seminarista del Seminario Diocesano

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