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Domingo XXIX Tiempo Ordinario – C

Publicado:
14 octubre, 2022
Imagen: ilustración de la Parábola del juez injusto. John Everett Millais para la obra The Parables of Our Lord (1863).

«Orar siempre sin desfallecer» (Éx 17,8-13 / Sal 120 / 2Tim 3,14-4,2 /Lc 18,1-8)

Aunque el tema principal de la liturgia de hoy es la oración, hemos de comenzar
hablando de la fe, que es un don recibido de Dios y, como hoy nos dice el apóstol san Pablo en
su segunda carta a Timoteo (2 Tim 3,14-4,2), invitándonos a la fidelidad a esta fe recibida en lo
aprendido y creído por medio de la Sagrada Escritura, siendo esta última principio de una
sabiduría que conduce a Cristo Jesús.

Es importante saber que cada experiencia del ser humano tiene un preámbulo, un
proceso inicial. Por ejemplo, para que un banquete tenga éxito, lo fundamental será centrarse
en la preparación de los alimentos. O para que un artista pueda alcanzar la fama, deberá ser
asiduo a sus prácticas y ensayos. Y así muchos ejemplos más que pudiésemos dar. Del mismo
modo, la eficacia de la oración tiene un preámbulo el cual atender, aunque no se trate de una
fórmula mágica, sino de conocer su origen, su proceso y, claro está, la garantía de su eficacia.

Para empezar, este don (la oración) nos viene por la fe. Pero la fuente verdadera de
semejante gracia es sin duda el mismo Dios. En el salmo de hoy (Sal 120), reconocemos este
origen divino del poder de la oración. Es Dios quien por la presencia de su Santo Espíritu en
nosotros nos inspira a relacionarnos con él, en un dialogo en el que reconocemos su lugar, su
poder, su protección hacia nosotros y le confiamos nuestras necesidades. Y si estamos atentos,
vislumbramos no sólo nuestra voz en solitario, sino la voz de la comunidad hermanada en las
mismas intenciones. Una oración, alabanza y petición del pueblo de Dios unido en la misma fe.

Es verdad que Cristo, en diversos pasajes de los evangelios, se retiraba para orar a solas
(cf. Lc 5,16-9,18; Mc 6,31; Jn 6,15) o con sus amigos, pero siempre su oración estaba orientada
a la misión que recibió del Padre, a su voluntad de salvación universal. Por eso, la experiencia
de oración siempre estará referida a la oración de la Iglesia. Somos el cuerpo de Cristo y, si un
miembro ora, todos los miembros oran con él. También san Pablo nos exhorta a vivir
continuamente en oración (cf. Col 4,2; Tes 5,17), intercediendo unos por otros, santificando las
horas del día. Por ello en nuestra liturgia mantenemos un ritmo cíclico durante la jornada entera,
para así continuamente alabar a Dios y pedir por nuestras necesidades universales y
particulares. Esto se ve en la Liturgia de las Horas, la celebración de la Eucaristía, e incluso las
devociones como el rosario y las novenas. Y, por supuesto, en la oración personal, que no es
otra cosa que la profundización de esta relación de Dios y el orante.

Sea como sea, encontramos un proceso de dialogo en el que manifestamos el deseo de
nuestro corazón. San Agustín de Hipona nos explica que Dios que sabe lo que hay en nuestro
interior, «pretende que por nuestra oración se acreciente nuestra capacidad de desear, para
que así nos hagamos más capaces de recibir sus dones» (Carta a Proba). En la lectura del libro
del Éxodo, Dios había prometido al pueblo una tierra que manaba leche y miel. Esto era algo ya
sabido por Moisés y todo el pueblo de Israel, pero era necesario, en primer lugar, la fe en la
promesa de Dios. Por eso la acción del pueblo al luchar contra Amalec significa la confianza
durante la ejecución de la acción y, la colaboración de Arón y Jur, que durante la batalla
sostuvieron los brazos de Moisés, representan la necesidad de orar apoyándose unos a otros o,
lo que es igual, unos por otros. En el proceso de la oración, nos presentamos ante Dios sabiendo
que Él conoce nuestro corazón, conoce nuestra necesidad. Es en esta confianza que ponemos
en Él, y en el apoyo de nuestros hermanos, la Iglesia, donde podemos vencer las batallas que se
nos presentan. La meta está ganada, solo es cosa de culminar el camino con el poder de Dios y
la compañía de la comunidad.

Por otro lado, en el Evangelio el Señor nos dice claramente «orar siempre sin
desfallecer». Y desfallecemos tal vez, cuando vemos que los caminos que esperamos no son
como imaginamos. Sin embargo, no tiene sentido fijarse en cómo son los caminos, porque el
deseo como tal es justamente la meta final. Precisamente Jesús nos presenta una parábola,
donde el protagonismo no radica en el cómo se cumpla el deseo sino la insistencia en pedirlo.
¿Cuál es la forma de entender esta insistencia? De ninguna manera se trata de repetir una acción
de forma vacía y sin sentido, sino de insistir en el convencimiento de que lo que se ha pedido ya
«Es». En otras palabras: todo lo que se pide al Padre se debe pedir como si ya hubiese sido dado
(cf. Jn 14,13; Mt 21,22). Es una insistencia realmente confiada, convencida del poder de Dios
que siempre escucha. Es convencerse de la garantía de su palabra, pues al final todo saldrá como
mejor nos convenga, en definitiva, el bien para nosotros. Por eso Jesús termina diciéndonos: «el
Hijo del Hombre a su venida ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18,8).

Quique Uzcátegui Rodríguez,
Sacerdote diocesano y director del Secretariado Diocesano de Pastoral de Juventud y Adolescencia

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