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Domingo XXXIV Tiempo Ordinario – C. Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

Publicado:
17 noviembre, 2022
Imagen: Pantocrátor del ábside de la Catedral de Cefalú (Sicilia, Italia). Fotografía de José Luiz Bernardes Ribeiro, CC BY-SA 4.0

«Una decisión injusta» (Lc 23,35-43)

Con la solemnidad de Cristo Rey del Universo, llegamos al final del año litúrgico. A lo largo de este periodo de tiempo, la Iglesia intenta presentar de forma sistemática los principales textos y temas de la fe para que sean meditados y profundizados por la comunidad cristiana. El cambio de ciclo nos permite abundar en las diferentes perspectivas que nos presentan los evangelistas y otros escritores sagrados.

El tema de la realeza de Cristo sobre todas las cosas está obviamente ligado al del final de los tiempos, habrá un día en que llegará ese “sol de justicia” que anunciaba el profeta y traerá salvación para unos, olvido para otros. Es lo que hemos venido escuchando a lo largo de los últimos domingos. Aquella advertencia del joven macabeo al tirano que lo entregaba a la muerte: “tú no resucitarás para la vida”.  La fidelidad inquebrantable, la capacidad de capear el mar de sufrimientos con que la vida nos sorprende a veces, la lealtad al Mesías aún en medio de desprecios y persecuciones, la victoria contra el enemigo agazapado en el interior de un corazón tan humano como para albergar en su interior todos los demonios posibles, todo eso nos abre las puertas de “resucitar para la Vida” y le da sentido al esfuerzo cotidiano.

Pero ¿qué pasa si fracasas en el empeño? ¿Y si te vence la avaricia como a Zaqueo, por ejemplo? ¿O llevas una vida de crímenes y latrocinios? ¿Estás ya condenado irremisiblemente, valga la redundancia? El evangelio de esta solemnidad nos causa una terrible desazón. Y lo hace porque Jesús perdona a quién no se lo merece. No tiene la oportunidad de devolver lo robado ni compensar a los que hizo daño, no le queda un minuto para disculparse con aquellos a los que hizo daño. Pero ese ladrón, ese “buen ladrón” (qué expresión más contradictoria), encuentra no sólo el perdón sino también la gloria. Habrá quien, siguiendo criterios humanos, pensará que es injusto. Este rey, coronado de espinas, desde un trono que resulta ser un cadalso, perdona y abre las puertas del paraíso a un criminal confeso. Qué escándalo. No es que la vida hubiera sido injusta con el ladrón crucificado, él reconoce que su situación es la conclusión lógica del tipo de vida que ha llevado. No hay atenuantes, no se argumenta que tal vez en algún momento de su vida hizo algo bueno o fue un buen tipo.

Como el publicano, reconoce sin excusas ni comparaciones el oscuro abismo de su culpa y desde ese lugar pide la inmerecida misericordia de aquel que comparte injustamente su destino. Tiene un momento de profunda lucidez espiritual para verse y ver al Mesías. Y este rey injusto le abre las puertas del reino en un derroche de misericordia.

Y ahora la pregunta, ¿te das cuenta de lo que significa para ti, para todos nosotros un Rey así?

Rafael Benítez Arroyo,
Sacerdote Diocesano y Delegado Diocesano para las Comunicaciones Sociales

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