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Domingo VI de Pascua – A

Publicado:
10 mayo, 2023
El amor verdadero es el que no tiene muros y al mismo tiempo es exigente.

El amor verdadero es el que no tiene muros y al mismo tiempo es exigente. El amor que Jesús pide no es otro que seguir sus huellas. Allí donde está Él, tiene que estar también su discípulo. Y en esa respuesta recíproca, mutua y sincera, es cuando aparece el mayor regalo que uno pueda recibir: la presencia del
Espíritu, y un Espíritu que aquí lo describe con la característica de la verdad.
No hay escondrijo alguno en un corazón noble que tiene como “estandarte” al Jesús de la Historia y como “camino abierto entre el mar” al Espíritu de la Verdad, que te hace caminar por tierra seca en cualquier situación que se pueda vivir y sufrir por causa del evangelio.
La soledad no forma parte de la vida del auténtico discípulo, porque no se sentirá jamás huérfano. Tiene familia y calor de hogar. Y ese es el mismo Jesús que se pone a nuestro lado y, al mismo tiempo nos alienta, y nos recuerda la exigencia que supone caminar con Él para que esa Verdad nunca nos falte ni
nos lleve a despistes o a caminar por las ramas, como tantas veces ocurre.
Quienes no lo ven, no lo pueden percibir ni sentir y ese es el mayor drama humano. Por eso, el discípulo que lo ve y que recibe el regalo del Espíritu de la Verdad, no puede quedarse callado o insensible ante lo que sucede a su alrededor. El Espíritu de la Verdad no sólo recuerda lo vivido, sino que hace entrever lo que está por venir. Y eso sólo lo pueden ver quienes están tras las huellas de quien ahora se despide, pero que nunca se irá del todo.
El corazón puede albergar muchas cosas, vivencias, sensaciones, dolencias, alegrías, proyectos…. Pero puede ser un corazón que vive bajo un envoltorio que no se abre para no dejarse ver ni palpar en la naturalidad de la vida. Es un corazón, a fin de cuentas, cerrado.
El corazón del discípulo es un corazón exactamente como el de todos, pero que tiene esa chispa de amor encendido que nace de la oración, del Encuentro con el Maestro y de la escucha del Espíritu de la Verdad que hace de vela del barco nos lleve irremediablemente mar adentro.
Un viaje que se plantea desde la familiaridad con Jesús y con el Padre, que no está jamás ausente del camino. Y con un Espíritu fiel que nos ilumina para ser testigos y luz en medio de la historia que cada uno vivimos cada día. Pero siendo discípulos, no de plastilina, de momentos puntuales y fuertes, de inciensos que desparecen al rato de haberse encendido, sino discípulos que permanecen anclados en Jesús siempre y a pesar de todo. Nunca de postureo.
Por eso el discípulo encontrará paz, autenticidad, sencillez, ternura, y el don de poner en el mundo el toque que le falta de Dios para animar a todos a encontrarse con Jesús y se conviertan también en nuevos discípulos que, al enamorarse de Él, recibirán el mismo don del Espíritu de la Verdad.

Qué distinta sería la vida y hasta nuestra iglesia, si comprendiéramos a lo que estamos todos llamados a vivir. ¡Y lo bueno de todo, es que esto es posible!

P. Juanma Arija (SdC)

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