La liturgia de este domingo nos invita a detenernos ante un momento culminante en la vida de Jesús: el relato de la Transfiguración. Es una escena cargada de misterio y luz, que nos sitúa en la cumbre del monte con Jesús, Pedro, Santiago y Juan. Allí, ante sus ojos, Jesús se transforma y su rostro brilla como el sol, y sus vestidos se hacen blancos como la luz. A su lado aparecen Moisés y Elías, figuras centrales de la historia de la salvación: la Ley y los Profetas, que dan testimonio del proyecto redentor de Dios.
Este evangelio no es simplemente una narración pintoresca; es una revelación. Jesús no es un maestro más, ni un profeta entre otros. Es el Hijo amado del Padre, cuyo rostro transfigurado anticipa la gloria pascual. La voz del Padre que se escucha desde lo alto —“Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias; escuchadle”— nos sitúa ante la identidad única de Cristo y nos abre un horizonte de escucha y seguimiento.
La escena transcurre en el contexto de la Cuaresma, un tiempo de conversión y purificación. El Señor nos conduce a lo alto del monte para mostrarnos quién es Él en su gloria, pero también para prepararnos para el misterio del Calvario. Jesús sube, resplandece, y luego debe bajar; su camino incluye la pasión y la cruz. Así nos lo recuerda el mismo evangelista cuando, tras la visión, Jesús “les tocó y los instó a no temer” y les pidió que guardaran silencio hasta que Él resucitara de entre los muertos.
La Palabra de Dios de hoy nos invita a un cambio de mirada. Frente a nuestros miedos, nuestras dudas y nuestras sombras interiores, Cristo se nos presenta como luz y claridad. La transición del monte a la vida diaria —del resplandor al silencio, de la revelación a la obediencia— es un llamado para cada discípulo: escuchar a Jesús, seguirle fielmente incluso cuando no entendemos del todo el rumbo o cuando el seguimiento exige renuncia.
La primera lectura nos presenta la vocación de Abraham, llamado a dejar su tierra y su familia para caminar hacia lo desconocido, confiando en la promesa de Dios. Abraham es el padre de la fe, modelo de obediencia y escucha. Desde él aprendemos que la fe no es una simple idea, sino una entrega total al Señor.
En la segunda lectura, san Pablo recuerda a Timoteo (y a toda la comunidad cristiana) que Dios “nos ha salvado y nos ha llamado con una llamada santa”, no por nuestros méritos, sino por su gracia y misericordia. Esa llamada nos da fortaleza para no avergonzarnos del testimonio del Señor, incluso en medio de dificultades.
El salmo responsorial clama: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”. En la experiencia de la Transfiguración se anticipa esa misericordia desbordante de Dios: una misericordia que no nos abandona ante el pecado ni ante la muerte, sino que nos transforma y nos llama a renacer en Cristo.
En este segundo domingo de Cuaresma, la Iglesia nos propone contemplar la gloria de Jesús para que, fortalecidos por la Palabra, avancemos en nuestra conversión con esperanza. No se trata de escapar de la realidad, sino de permitir que el resplandor de Cristo ilumine nuestros caminos oscuros y transforme nuestra cotidianidad en testimonio de amor.
Que podamos, como Pedro, Santiago y Juan, permanecer con el Señor en los momentos de luz y también en los de prueba; y que nuestra fe no dependa de visiones extraordinarias, sino de la escucha fiel del Maestro: Escuchadle.
Delegación Diocesana de Hermandades, Cofradías, Santuarios y Piedad Popular







