Con motivo de la festividad de la Virgen del Pilar, patrona de la Guardia Civil, y del Día de la Fiesta Nacional de España, el obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, ha presidido hoy la celebración en la Santa Iglesia Catedral de Huelva, en la que ha invitado a reflexionar sobre el valor del servicio, la convivencia y el compromiso con el bien común.
En su homilía, el prelado ha agradecido la labor de los hombres y mujeres de la Guardia Civil, destacando su presencia discreta y fiel junto a quienes necesitan ayuda, así como el sacrificio de sus familias. También ha tenido un recuerdo para quienes han perdido la vida en acto de servicio y para todas las personas que necesitan protección, consuelo y esperanza.






Coincidiendo con la Fiesta Nacional, Mons. Santiago Gómez Sierra ha subrayado la necesidad de construir una sociedad capaz de integrar las diferencias desde el respeto y la responsabilidad. «Ninguna diferencia política puede borrar nuestra condición de hermanos», ha afirmado, apelando al diálogo frente a la crispación y a la búsqueda del bien común por encima de los intereses particulares. Asimismo, ha recordado que «la autoridad encuentra su mayor dignidad cuando se pone al servicio del bien común».
La homilía ha destacado también los vínculos históricos, culturales y espirituales entre España y los pueblos de Hispanoamérica, y ha presentado a la Virgen del Pilar como ejemplo de fe, esperanza y entrega generosa a los demás. La celebración ha concluido con una oración por la Guardia Civil, sus familias y España, y con una llamada a construir juntos un futuro de justicia, libertad y fraternidad.




Homilía de Mons. Santiago Gómez Sierra en la festividad de la Virgen del Pilar
Santa Iglesia Catedral de Huelva
Hermanos sacerdotes, autoridades civiles y militares, miembros de la Guardia Civil, familiares y amigos:
Hermanos y hermanas, amados por el Señor:
Celebramos hoy la fiesta de la Virgen del Pilar, patrona de la Guardia Civil. La tradición cristiana ha visto en Ella una presencia maternal que acompaña a la Iglesia en España desde sus primeros pasos. Y, más allá de las circunstancias históricas que rodean el origen de esta advocación, lo que hoy celebramos es una certeza que pertenece al corazón de nuestra fe: María permanece junto a los discípulos de su Hijo y nos conduce siempre hacia Él.
La Palabra de Dios que acabamos de escuchar nos ofrece dos imágenes muy hermosas: María reunida en oración con los primeros discípulos y Jesús proclamando dichosos a quienes escuchan la Palabra de Dios y la cumplen. Ambas nos ayudan a comprender el sentido profundo de esta celebración.
En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, encontramos a María en medio de la primera comunidad cristiana. Los discípulos no saben bien cómo será el futuro; han experimentado el desconcierto de la cruz y la alegría de la Resurrección, pero necesitan fortaleza para continuar la misión recibida.
Y allí está María. No ocupa el centro de la escena, sencillamente, permanece con ellos, ora con ellos y sostiene su esperanza.
De este modo, la Virgen María nos enseña que, muchas veces, la mayor fortaleza consiste en permanecer fieles cuando las circunstancias son difíciles. Estar presentes, acompañar, sostener al que vacila y no abandonar al que nos necesita: también ahí se manifiesta la grandeza del corazón humano.
¡Qué imagen tan sugerente para una celebración como esta! Porque la misión de la Guardia Civil está hecha, en buena medida, de esa presencia fiel y discreta. De estar cuando alguien necesita ayuda; acudir cuando otros sienten miedo; proteger a quien se encuentra en peligro; cumplir el deber incluso cuando resulta costoso y nadie está mirando.
Detrás de cada uniforme hay una persona, una familia, una historia de entrega y, tantas veces, sacrificios que no aparecen en los titulares. Por eso, hoy queremos dar gracias a Dios por todos los hombres y mujeres de la Guardia Civil, por su servicio a Huelva y a toda la sociedad, y también por sus familias, que comparten tantas veces las preocupaciones y las renuncias de esta vocación de servicio.
Pero la Palabra de Dios nos invita a ir todavía más lejos.
En el Evangelio, una mujer exclama, admirada ante Jesús: Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron. Jesús recoge aquella alabanza y la lleva a su verdadera profundidad: Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.
Jesús no rebaja la grandeza de su Madre. Al contrario, nos revela dónde se encuentra su dignidad más profunda. La Santísima Virgen es bienaventurada no solamente porque llevó a Jesús en su seno, sino porque creyó en la Palabra de Dios y permitió que esa Palabra transformara toda su existencia. Su respuesta, ante el anuncio del Ángel de que en ella iba a obrar el Espíritu Santo la encarnación del Hijo eterno de Dios fue: Hágase en mí según tu palabra.
Por eso María es grande, porque confió; porque se puso en manos de Dios; porque hizo de su vida una respuesta generosa a su llamada.
Y aquí encontramos otra enseñanza decisiva para todos nosotros: no basta con admirar los valores; hay que encarnarlos en la propia vida. No basta con honrar a la Virgen; hay que aprender de ella. Así, no podemos contentarnos con hablar de justicia: hay que actuar justamente. Tampoco basta con defender la paz: hay que trabajar por ella. Ni basta con proclamar la dignidad humana: hay que reconocerla en cada persona, también en aquella que piensa de manera diferente, que se encuentra en una situación difícil o que reclama nuestra paciencia.
Esto vale para todos, pero adquiere una especial relevancia cuando se ejerce una responsabilidad pública. La autoridad encuentra su mayor dignidad cuando se pone al servicio del bien común.
Jesús nos ofrece el criterio definitivo cuando dice que no ha venido a ser servido, sino a servir. Esa es la lógica del Evangelio: la verdadera grandeza no consiste en situarse por encima de los demás, sino en ponerse al servicio de los demás.
Queridos guardias civiles: que vuestra misión esté siempre iluminada por estos valores. Y que encontréis siempre en la justicia, la honestidad y el respeto los fundamentos de vuestra actuación.
También, esta fiesta de la Virgen del Pilar tiene una resonancia particular, porque celebramos también el Día de la Fiesta Nacional de España y los profundos vínculos históricos, culturales y espirituales que unen a los pueblos de Hispanoamérica.
Es una ocasión para dar gracias por todo lo que hemos recibido, por una larga historia compartida. Esa unidad no elimina las diferencias, sino que nos exige vivirlas sin destruir los vínculos que nos unen. Una sociedad madura admite la discrepancia, el debate y la legítima pluralidad; pero necesita también respeto, sentido de la responsabilidad y voluntad sincera de buscar el bien común. No se trata de pensar todos lo mismo, ni de renunciar a las propias convicciones, sino de recordar que ninguna diferencia política puede borrar nuestra condición de hermanos, ni ningún desacuerdo debería hacernos olvidar la dignidad de quien piensa de otra manera.
Hoy ponemos bajo el amparo de la Virgen del Pilar a la Guardia Civil de Huelva, a sus mandos y agentes, a sus familias y a todos cuantos colaboran en la construcción de una sociedad más segura y más justa. Recordamos también a quienes han perdido la vida en acto de servicio, a quienes han sufrido las consecuencias de la violencia y a todas las personas que necesitan protección, consuelo y esperanza.
También pedimos especialmente por España: para que no se impongan la crispación sobre el diálogo, el resentimiento sobre el perdón o el interés particular sobre la búsqueda del bien común. Que sepamos defender nuestras convicciones sin convertir al discrepante en enemigo y que aprendamos a construir juntos, desde nuestras diferencias, un futuro de justicia, libertad y fraternidad.
Virgen Santa del Pilar, fortalece nuestra fe, afirma nuestra esperanza y haznos constantes en el amor.
Amén.






