La celebración del domingo IV de Cuaresma está revestida de un «color especial». Es el domingo de laetare o de la alegría. Se acercan las fiestas de la Pascua del Señor y la madre Iglesia nos invita a seguir recorriendo el camino de la Cuaresma con vistas al triunfo de Cristo muerto y resucitado. Y como buena pedagoga, los tres domingos previos al Domingo de Ramos, nos irán adentrando en el misterio del bautismo por el cual quedamos incorporados a la muerte y resurrección de Jesús.
Desde la perspectiva anterior, hemos de dejarnos imbuir por el Evangelio de este domingo. Jesús ve a un ciego de nacimiento en el camino. Al encontrarse con él, «escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego» (Jn 9,6). Luego le indica que vaya a lavarse a la piscina de Siloé, reservorio de agua importante para Jerusalén y lugar donde los judíos llevaban a cabo algunas purificaciones rituales. «Él fue, se lavó, y volvió con vista» (Jn 9,7).
El signo de la curación del ciego contiene un sentido mucho más profundo que la mera curación corporal. Debemos situarlo en relación con aquellas palabras que Jesús dijo a Nicodemo: «El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3,5). Se trata de una acción que nos habla de aquello que ocurre en el bautismo, sacramento por el cual nacemos del agua y del Espíritu. La ceguera de aquel hombre refiere al oscurecimiento al que se ve sometida el alma a causa del pecado, a la privación del estado de gracia con el que venimos a este mundo a causa de la caída de nuestros primeros padres. El barro de la tierra y su mezcla con la saliva de Jesús nos recuerdan a la creación del hombre «modeló del polvo del suelo» (Gn 2,7), aludiendo a la imagen del alfarero. El agua de la piscina de Siloé nos remite al agua que brota del corazón de Jesús, un agua que lava, purifica y que «salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14). Y la curación del ciego nos remite a la iluminación que da Dios cuando viene a nosotros: «Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor» (Ef 5,8).
El bautismo es el sacramento por el cual quedamos insertos en el misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Allí, el agua derramada sobre nuestras cabezas no solo nos limpia del pecado, sino que abre nuestro corazón para ser iluminados por la luz de Dios. «En el bautismo somos iluminados y nos convertimos en hijos de Dios» (Clemente de Alejandría, Paedag. 1,6). Pidamos, pues, en este domingo al Señor, tomar conciencia de la luz interior que recibimos en nuestro bautismo y que nos conceda prepararnos para renovar las promesas bautismales en la noche santa de la Vigilia Pascual.
Juan José Feria Toscano
Rector del Seminario y Delegado Diocesano para la Pastoral Vocacional







