Pasadas las cinco y media de la tarde, José Carlos Macías, Manuel Gallego y Ramón Fernández atravesaban el control de acceso de uno de los pantalanes del Puerto de Huelva. Llevaban sus correspondientes acreditaciones y un propósito sencillo: conocer a la tripulación del Stromboli M y hacerle saber que, durante su estancia en Huelva, podía contar con ellos.
El petrolero, de bandera italiana, tiene 184 metros de eslora y 27 de manga y está destinado al transporte de productos petrolíferos y químicos. Construido en 2011, recala con cierta frecuencia en el puerto onubense. Esta visita suponía, sin embargo, algo especial: era la primera que realizaban los voluntarios de Stella Maris Huelva a un buque en esta nueva etapa de la institución.
Subir a bordo
La visita comenzó necesariamente por los controles propios de una instalación portuaria internacional. En el marco del nivel 1 del Código PBIP (Código Internacional para la Protección de los Buques y de las Instalaciones Portuarias), los voluntarios accedieron al pantalán tras superar el correspondiente control.
Quedaba todavía entrar en el barco.
La subida se realizó a través de la plancha o gangway que comunica el pantalán con la cubierta. En su extremo aguardaban dos miembros de la tripulación encargados de comprobar nuevamente las acreditaciones.
Una vez a bordo, los tres voluntarios recorrieron buena parte de la cubierta del Stromboli M hasta la superestructura situada a popa. Allí accedieron inicialmente a una sala operacional en la que un técnico de la terminal supervisaba la operación que en esos momentos realizaba el buque.

Poco después apareció un oficial italiano. Tras saludar a los visitantes y conocer el motivo de la visita, los condujo hasta el salón de la tripulación, situado junto al comedor.
Y allí el enorme petrolero comenzó a adquirir otra dimensión.
Detrás de los 184 metros de acero, de los equipos, tuberías, motores y controles que permiten que un barco de estas características atraviese continuamente mares y océanos, existe algo mucho más sencillo: un grupo de personas para las que, durante semanas o meses, aquel barco es también su casa.
Una tripulación internacional
Eran aproximadamente las seis de la tarde y algunos miembros de la tripulación estaban cenando. Puede resultar temprano para las costumbres españolas, pero a bordo los horarios responden a otra lógica. Las guardias, los turnos de trabajo y los periodos de descanso determinan también las horas de las comidas.
La tripulación del Stromboli M es mayoritariamente filipina, mientras que una parte de su oficialidad procede de Italia, país cuya bandera enarbola el buque. El inglés fue, por ello, el idioma habitual durante buena parte del encuentro.
Aunque hubo una excepción.
En la cocina esperaba Rudolf San Juan, el encargado de una tarea que adquiere una importancia especial cuando se vive durante meses en un barco: alimentar cada día a toda la tripulación.
Rudolf es filipino, pero habla algo de español. Pronto explicó el motivo: su abuelo paterno era español.
Simpático y cercano, mostró a los visitantes su particular territorio dentro del Stromboli M: la cocina. También enseñó los platos que había preparado aquella jornada, confirmando que comer bien tampoco está reñido con encontrarse a muchas millas de casa.
Entre conversación y conversación fueron apareciendo pequeñas historias personales, esas que difícilmente figuran en las fichas técnicas de los barcos, pero que cuentan mucho más sobre quienes navegan en ellos.
Vivir y trabajar en un barco
En el salón descansaba también Marc Dave Amancio, natural de Cebú, en Filipinas, y segundo oficial de Puente.
Le quedaba poco para incorporarse nuevamente a su turno, pero hubo tiempo para conversar sobre las peculiaridades de la vida embarcada: el trabajo, las largas temporadas lejos de casa y también las motivaciones, ilusiones y expectativas de quienes han elegido desarrollar su carrera profesional en la marina mercante.
Porque un buque como el Stromboli M nunca duerme completamente. Mientras unos trabajan, otros descansan; mientras unos comen, otros se encuentran de guardia. Y así durante las veinticuatro horas del día.
También se encontraba descansando José Romero, igualmente filipino y primer oficial de Máquinas. Con él se mantuvo otra breve conversación antes de que las obligaciones de cada uno fueran devolviendo progresivamente a los tripulantes a sus puestos.

Pero aquellas conversaciones eran, precisamente, buena parte de lo que los voluntarios habían ido a buscar.
No había ninguna emergencia que resolver. Tampoco una situación extraordinaria. Ni siquiera existía una de las necesidades que tradicionalmente han llevado a los marinos hasta los centros Stella Maris de los puertos: encontrar un medio para comunicarse con sus familias. El buque dispone de conexión wifi permanente.
Y, sin embargo, la acogida de los tripulantes puso de manifiesto que una visita puede tener valor por sí misma.
Charlar durante un rato con personas ajenas al barco, encontrarse con gente del lugar al que acaban de llegar, preguntar, contar alguna historia o simplemente romper durante unos minutos una rutina desarrollada siempre entre las mismas paredes y las mismas caras también forma parte del bienestar de quien pasa buena parte de su vida en el mar.
«Estamos aquí para lo que necesitéis»
Ese fue, en definitiva, el mensaje que los tres voluntarios llevaron al Stromboli M.
Stella Maris Huelva dispone ahora de unas instalaciones en el Puerto Exterior gracias al acuerdo alcanzado entre la Diócesis de Huelva y la Autoridad Portuaria. Son espacios pensados para que los marinos puedan encontrar durante sus escalas un lugar de acogida y recreo, además de una capilla y medios de comunicación para quienes los necesiten.
Los voluntarios explicaron también a los tripulantes que Stella Maris pretende disponer, a partir de noviembre, de un vehículo que facilite sus desplazamientos. La intención es que aquellos marinos que dispongan de unas horas libres durante una escala puedan acercarse a Huelva o incluso conocer otros lugares de la provincia.
Algo aparentemente tan sencillo como visitar la ciudad puede resultar complicado para quien se encuentra dentro de un gran recinto portuario, sometido además a horarios de trabajo y a los tiempos, muchas veces reducidos, durante los que un barco permanece atracado.
Pero el ofrecimiento iba más allá de unas instalaciones o de un futuro medio de transporte. Los voluntarios pusieron también su disponibilidad a disposición de la tripulación para colaborar ante cualquier gestión o necesidad particular que pudiera presentarse durante su estancia en Huelva.
Antes de marcharse dejaron a bordo varios trípticos con toda la información sobre Stella Maris Huelva, sus instalaciones, servicios y posibilidades de ayuda. Cuando los visitantes ya no estuvieran allí, quedaría de este modo en el barco una forma de encontrarlos.
Una red extendida por los puertos del mundo
Lo ocurrido a bordo del Stromboli M es la expresión local de una realidad mucho mayor. Stella Maris constituye una red internacional dedicada a la atención de la gente del mar y está presente en más de 300 puertos del mundo.
Su misión combina la dimensión pastoral con una importante labor humana y social. Sus centros sirven como lugares de acogida para marinos mercantes, pescadores y otros profesionales del mar, independientemente de su nacionalidad o religión.
En unos casos, la necesidad será simplemente encontrar un lugar donde descansar o hablar con alguien diferente. En otros puede consistir en comunicarse con la familia, desplazarse hasta una ciudad desconocida o realizar alguna gestión. Y existen situaciones mucho más graves en las que la red presta acompañamiento ante enfermedades, accidentes, problemas laborales, impagos de salarios o incluso abandonos de tripulaciones.
Es la traducción actual de una advocación antiquísima. Stella Maris, Estrella del Mar, es uno de los nombres tradicionales dados a la Virgen María: la estrella que orienta al navegante y le ayuda a encontrar el rumbo.
Con el paso del tiempo, aquella advocación trascendió lo estrictamente religioso para convertirse también en un símbolo profundamente unido a las comunidades marítimas. Protección, acogida, compañía y solidaridad se reúnen bajo un nombre reconocible hoy por marinos de muy diferentes procedencias en numerosos puertos del planeta.
Una historia que Huelva ya conocía
Por eso, lo sucedido esta semana no representa exactamente la llegada de Stella Maris a Huelva. Es, en buena medida, un regreso.
Para encontrar sus antecedentes hay que viajar muy atrás en el tiempo, incluso antes de la creación del Stella Maris católico.
A finales del siglo XIX, cuando los vapores británicos llegaban continuamente al puerto para cargar los minerales procedentes de Riotinto, Huelva conoció ya una iniciativa destinada a ofrecer acogida a los hombres que llegaban por mar. En 1889 comenzó a construirse el Seamen’s Institute, impulsado en el entorno de la Rio Tinto Company Limited e inaugurado al año siguiente.
Estaba situado entre la actual Avenida de Italia y la calle Duque de la Victoria y disponía de biblioteca, sala de lectura, espacios de recreo, habitaciones, escuela y una capilla anglicana. Su objetivo incluía proporcionar un lugar de encuentro y descanso a los numerosos marinos británicos que pasaban por el puerto onubense.
No era todavía Stella Maris ni existía continuidad institucional entre ambas iniciativas, pero resulta inevitable observar el paralelismo: más de un siglo atrás, Huelva ya comprendió que quienes llegaban a su puerto después de semanas de navegación necesitaban encontrar algo en tierra firme además de muelles en los que cargar y descargar sus barcos.

Décadas después, aquel mismo espacio terminaría ligado a la historia de Stella Maris.
El Apostolado del Mar de Huelva comenzó a organizarse en 1954 por iniciativa del primer obispo de la recién creada diócesis, Pedro Cantero Cuadrado. Y el 14 de enero de 1962 se inauguraba el complejo Stella Maris, instalado precisamente en el antiguo edificio relacionado con el Seamen’s Institute.
Aquello fue mucho más que una capilla. Stella Maris contó con residencia, cafetería, salas de estar, biblioteca y servicios de asistencia a los marineros. Junto a esa vertiente nació además la Escuela de Formación Profesional Marítimo-Pesquera Stella Maris, de la que se hicieron inicialmente cargo los Salesianos y que forma parte también de la historia de su presencia educativa en Huelva.
Durante aquellos años, el Apostolado del Mar llegó a mantener una intensa relación con el mundo pesquero onubense. Eran tiempos en los que Huelva vivía todavía mucho más volcada hacia una actividad pesquera que llevaba a sus hombres a faenar a caladeros muy alejados y a permanecer largas temporadas fuera de casa.
Con el paso de los años aquella etapa terminó. El viejo Stella Maris desapareció y aquel edificio acabó teniendo otro destino. Pero la idea permaneció.
Stella Maris vuelve al puerto
En los últimos años, la Diócesis de Huelva comenzó a trabajar en la recuperación de la Pastoral del Mar y en la posibilidad de contar nuevamente con un lugar de atención a las tripulaciones que llegan al puerto.
Actualmente, el Apostolado del Mar está dirigido por Juan Romero Domínguez, quien, junto al obispo de Huelva, decidió impulsar hace unos meses el renacimiento de Stella Maris en Huelva.
El proyecto tomó forma en 2025 con el acuerdo entre el Obispado y la Autoridad Portuaria de Huelva para la cesión de unas instalaciones en el Puerto Exterior destinadas a Stella Maris. El objetivo volvía a ser extraordinariamente parecido al de otras épocas: ofrecer a la gente del mar un lugar de acogida y personas a las que recurrir durante su estancia en Huelva.
Ha cambiado radicalmente el mundo marítimo. Han cambiado los barcos, las comunicaciones, las condiciones de navegación y hasta las nacionalidades de quienes llegan al puerto. Los marineros británicos que hace más de un siglo desembarcaban de los vapores que venían a cargar mineral han dejado paso a tripulaciones internacionales que atraviesan el planeta en enormes buques mercantes.
Pero algunas necesidades humanas cambian bastante menos.
Esta semana, conforme avanzaba la tarde en el Stromboli M, Rudolf volvió a su cocina, Marc Dave Amancio se preparó para incorporarse a su turno y los demás tripulantes fueron retomando sus obligaciones.
También había llegado la hora de marcharse.
Los tres voluntarios se despidieron. Por indicación del oficial de guardia, un marinero de cubierta los acompañó nuevamente a través del barco hasta la plancha por la que habían subido. Descendieron al pantalán y volvieron a tierra.
A bordo quedaban los trípticos de Stella Maris y, sobre todo, la certeza de que durante aquella escala había unas instalaciones y unas personas en Huelva a las que podían acudir.
No había ocurrido nada excepcional. No había habido una emergencia que atender ni un problema que solucionar. Habían compartido conversación durante un rato con unos hombres cuyos hogares se encuentran a miles de kilómetros.
Cuando José Carlos Macías, Manuel Gallego y Ramón Fernández bajaron por la plancha del Stromboli M, terminaba así un encuentro entre unos marinos y tres personas del puerto al que acababan de llegar.
Pero también comenzaba una nueva etapa de una historia con profundas raíces en Huelva. Stella Maris había vuelto a subir a los barcos.




