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“Una auténtica conversión interior». Comentario al Evangelio del VIII Domingo del Tiempo Ordinario – C

Publicado:
24 febrero, 2022

Foto: Parábola de la paja y la viga. Domenico Fetti (1619). Museo Metropolitano de Arte, Nueva York.

La lectura de la Palabra de Dios de este domingo nos sitúa, providencialmente, en la antesala de una nueva Cuaresma: una llamada a una auténtica conversión interior del corazón y la mente.

El texto evangélico se encuadra dentro del llamado “Sermón de la Llanura” – versión lucana del Sermón del Monte de Mateo–, en el que Jesús ha introducido las bienaventuranzas como experiencia de la “gracia” en quienes se confían a la acción amorosa de Dios en sus vidas. Por el contrario, aquellos que ponen su corazón en la riqueza y la prosperidad, cerrándose al amor misericordioso de Dios y negándose a ser “cauce de la misericordia divina”, acaban en la “desgracia”, en la malaventuranza.

A lo largo de su discurso, Jesús ha dejado claro que esta gracia no es fruto de mérito alguno sino que, precisamente porque es gracia, es don de la bondad de Dios, una medida rebosante, remecida, que nos mueve interiormente a participar, desde la gratitud, de esa misma lógica desproporcionada: amad a los enemigos, haced el bien sin mirar a quien, prestad sin esperar… como verdaderos hijos de tan Buen Padre.

Concluyendo esta enseñanza, Jesús se dirige a sus discípulos –en el texto de esta semana–, a través de pequeñas parábolas, para explicarles que la vida cristiana no es un compendio de actos exteriores, sino la consecuencia de una vida enraizada en esta “gracia” por la que sólo pueden darse “frutos buenos”.

La conversión no es una conquista personal alcanzada por méritos propios, sino un don que se inicia en la autoconciencia de limitación, de pecado, es decir, en el reconocimiento de nuestra particular “ceguera”. Y esta conversión no es algo que debemos esperar de “los demás” sino de nosotros mismos. Hipócritas quienes tienen “cristianas recetas” para los ajenos y son incapaces de aplicárselas a ellos mismos; quienes, como los fariseos, exigen a los demás lo que no están dispuesto a hacer porque, ante Dios, se creen más dignos que otros; quienes ven fácilmente la incoherencia en los otros –más aún, quienes la señalan– porque se hacen la ilusión de que son “perfectos” cuando sólo Dios es “perfecta bondad”.

El origen etimológico del término “hipócrita” se refiere, por un lado, a quienes “fingen” o “actúan” como lo que no son («hypo»=»máscara»;»crytes»=»respuesta»). Pero, por otro lado, también se refiere a aquellos cuyo juicio está por debajo («hipo»=»por debajo»; «kriso»=»juicio»), es decir, quienes juzgan con los criterios que no vienen de lo alto, no como juzga Dios que es, en definitiva, a quien corresponde el único Juicio.

Finalmente, hablamos en la Iglesia tanto de “conversión pastoral”, de “conversión de las estructuras”, que podemos caer en la hipocresía de pretender cambiar las cosas solo en la apariencia, mientras en el fondo del corazón todo queda igual. Incluso, a veces, no hay mejor manera de que no cambie nada que revestirlo todo de novedoso. Sin embargo, la novedad nos viene de Jesucristo, muerto y resucitado: Él es la “absoluta novedad”. Sólo los corazones convertidos a Él, a su modo de amar, producirán los frutos que la Iglesia necesita y el mundo espera. Ojalá esta Cuaresma que comenzaremos la próxima semana sea una nueva oportunidad para ponernos en ese camino de auténtica conversión.

Héctor Manuel Sánchez Durán,
miembro de la Delegación diocesana para las Comunicaciones Sociales

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