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Tiempo de conversión

Publicado:
15 marzo, 2022
Tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua, con amplio sentido bautismal y penitencial. Caminamos en esta cuaresma con la mirada puesta en el misterio pascual –pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo– horizonte de estos 40 días.

La cuaresma es un periodo dentro del ciclo anual de la liturgia, que se extiende desde el miércoles de Ceniza hasta la hora nona del Jueves Santo, por lo que no incluye la Misa de la Cena del Señor.

Si volvemos nuestra mirada hacia el magisterio del Vaticano II encontramos en la Constitución Conciliar Sacrosanctum Concilium la siguiente afirmación: “El tiempo cuaresmal prepara a los fieles, para que celebran el Misterio Pascual, sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo.” Se debe dar particular relieve en la liturgia y en la catequesis litúrgica al carácter propio de este tiempo.

Por lo tanto, el tiempo de cuaresma, con este doble carácter, prepara tanto a los catecúmenos que se encaminan hacia los sacramentos de la iniciación cristiana como a los cristianos, que debemos dedicarnos con más intensidad a escuchar la Palabra de Dios, a la oración y a la penitencia, para prepararnos a renovar las promesas bautismales en la gran celebración de la Pascua.

Es muy necesario recordar la importancia que tiene para fomentar la vida espiritual la profesión de la fe bautismal que, «terminado el ejercicio de la cuaresma», somos invitados a renovar públicamente en la gran Vigilia Pascual.

El nombre de este tiempo hace referencia a su duración con respecto a la celebración de la pascua y proviene del latín quadragesima. En los primeros tiempos de la Iglesia, la duración de la cuaresma variaba. Desde comienzos del siglo IV tenemos noticias en Oriente de la celebración de un tiempo de preparación a la Pascua, mientras que en Roma se observó este tiempo con seguridad al menos desde el año 385.​ En esta época, finales del siglo IV, se fija su duración en cuarenta días.

​La extensión temporal proviene de varias referencias bíblicas y simboliza la prueba por la que pasó Jesús al permanecer durante cuarenta días en el desierto de Judea, previos a su misión pública. También simbolizan los cuarenta días que duró el diluvio universal, además de los cuarenta años de la marcha del pueblo israelita por el desierto.

Comencemos la cuaresma con la conciencia de entrar en un tiempo y en un espacio sagrado. Lugar oportuno y hora propicia que Dios ofrece para nuestra conversión. El signo visible que marca el inicio de este camino de conversión es la ceniza sobre nuestras cabezas. La oración, el ayuno y la caridad, son los indicadores que nos ofrece la Iglesia y que debemos observar para no extraviar el camino. Y la meta: el encuentro con el Resucitado.

Francisco José Feria Reviriego,
Delegado diocesano para la liturgia

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