Ya próximos a la fiesta de la Epifanía, transcribimos esta preciosa poesía que la Madre Luisa dedicó a una sobrinita de María Abaurrea Álvarez-Osorio, alto cargo de Acción Católica en Sevilla.
La Sierva de Dios estuvo dedicada, desde muy joven, a evangelizar a través de Acción Católica. En Nerva fundó las benjaminas y las aspirantes, que eran dos ramas de A.C. En 1939 fue nombrada secretaria comarcal de Acción Católica Juvenil (A.C.J.) de esa misma localidad. Posteriormente, en 1941, ya como delegada, daba charlas por las parroquias de todos los pueblos de su comarca y otros de la archidiócesis de Sevilla.
Como responsable de A.C.J. de toda la zona de la cuenca minera, Luisa también ejerció su labor en Sevilla. Allí conoció y trabó amistad con un grupo personas de alta alcurnia, que se conocieron en A.C. Especialmente con María Abaurrea, entonces presidenta de A.C. Femenina de Sevilla.
A pesar de tener una vida cuajada de éxitos pastorales y sociales, la joven Luisa buscaba, por encima de todo, hacer la voluntad del Señor, que le había tocado profundamente el corazón. Ella misma resume, con este párrafo entresacado del Origen de la Obra, lo que era su vida en aquellos años:
«Pedí al Señor que me iluminara y en tanto, seguí con mis visitas de enfermos y mis actividades en la Juventud de Acción Católica, de la cual fui, primero, Secretaria Comarcal y luego, Delegada, y esto me llevaba de propaganda por todos los pueblos de mi Comarca y muchos de la Archidiócesis. Tenía mi vida llena, pero no de lo que ansiaba mi alma».
Y es que aún no se le había revelado su verdadera misión, lo que ocurriría el año 1950, cuando tuvo la visión de la Santísima Trinidad y en la que el mismo Jesús Nazareno le pidió: “Ancianas”. A partir de entonces, la Madre Luisa comenzó a servir a Jesús en las ancianas.
Por su parte, María Abaurrea marchó a Cádiz para ser rectora de la Escuela de enfermería «Salus Infirmorum». A pesar de la distancia, mantuvieron una profunda amistad durante toda su vida, como muestra este regalo que le escribió a su sobrinita.
Deseamos que esta poesía nos ayude a situarnos ante el misterio de la Adoración de los Reyes Magos al Niño Jesús, cuya fiesta eran tan celebrada en el Asilo, y en que la Madre Luisa se prodigaba con abundantes regalos a las ancianas, a las niñas, y por supuesto, a las Hermanas.
Los Reyes Magos
Escucha, Madre, el cantar
que yo aprendí de memoria para poderlo contar
sin mentir en esta historia.
La noche del seis de enero tranquilamente dormía
con un niñito hechicero, Jesusito el de María,
soñaba dulce y dichosa cantándole mil canciones
y pidiéndole amorosa
que mueva los corazones.
Que los mueva, que sean buenos,
que todos vayan al Templo,
que del mundo sean los menos
los que den malos ejemplos.
Esto pensaba y sentía,
esto soñaba y pedía
cuando de pronto sentí
una grande algarabía.
¿Qué pasa? Me estremecí…
Eran seres que venían
que se acercaban a mí.
Una luz radiante y pura
la mi estancia iluminó.
¡Qué dicha! ¡Qué gran ventura!
¡Ya el cortejo se paró!
Delantito de mi puerta
casi junto a mi ventana
que como estaba entreabierta
pude contemplar ufana
entre rayos y fulgores
una divina visión
que inundó de luz y amores
a mi pobre corazón.
Sigue, niña, este cantar
que yo aprendime de intento
para poderlo contar
sin mentir en este cuento.
Era casi a la mañana.
Envuelta en luz de colores
una hermosa caravana
irradiaba resplandores.
Tres carretas orientales
recamadas de oro y perlas
son tiradas de animales
que pugnan por sostenerlas.
De juguetes eran llenas,
confites y cascabeles;
de preciosas azucenas,
de lirios y de claveles
pensamientos y violetas
florecillas y laureles,
arcabuces y trompetas
farolillos de papeles.
Tres camellos van delante
con su elevada joroba;
con su paso vacilante
quieren entrar en mi alcoba.
En cada carreta, dentro
hay un grave personaje
y en los lados y en el centro llevan numerosos pajes.
Sus vestidos son de flores
y de plumitas de aves
alternando los colores
más fuertes y más suaves.
Los mantos, todos de estrellas
y de aljófar salpicados.
Las coronas son muy bellas
son rayos al sol robados.
En los pies luceros llevan,
en sus manos leve brisa.
Sus ojos al Cielo elevan
y en sus labios hay sonrisas.
¿Mas quién son estos señores
de tan regio continente,
que irradian esos fulgores,
que del Cielo van pendientes?
¿No lo sabes, niña mía?
¡Tan lista como tú eres!
Sigue, pues, mi poesía.
Yo te lo diré si quieres:
¿Te acuerdas de haber oído
que a Belén por una estrella
guiados habían ido
tres Magos en noche bella?
Estos son precisamente
los que a mi reja llegaron
vestidos tan ricamente
que mis ojos deslumbraron.
Los Reyes, los Reyes Magos
eran sí, mi dulce niña,
que atravesaron los lagos
y pasaron las campiñas
para llevar sus presentes
sus mimos y sus cariños
que ellos trajeron de Oriente
para darlos a los niños.
Aquel cuadro presentaba
un aspecto singular.
Yo de placeres temblaba
y el placer me hizo llorar.
De los tres, el más anciano
de su carreta bajó
y con lirios en sus manos
volando hasta mí llegó.
Su faz era sonriente
su porte majestuoso,
rayos de luz en su frente
y su ademán cariñoso.
Un precioso regalito
puso en mis manos mimoso
mientras decía quedito
tierno, dulce y amoroso
Este divino cantar
que yo aprendí de memoria
para poderlo contar
sin mentir en esta historia.
“Sevilla, en Molviedro seis[1]
vive una niña chiquita.
Muy linda ¿la conocéis?
Es una nena rubita.
Rubita cuál rubia espiga,
sus ojos, azul de cielo,
sus cantos suave cantiga
sus rezos dulce consuelo.
Para esta nena bonita
un regalo traigo yo:
una cosa pequeñita
que Jesusito escogió.
Dile que mucho la quiere
que del Cielo la sonríe
con su boca ¡si le viere!
de rosas y de alelíes.
Dile que dice el Señor,
el amor de sus amores
que pida con gran fervor
por los pobres pecadores.
Que cada vez que ella reza
alguien del fuego se salva.
Que, con riego, en la maleza
entre espinas brotan malvas.
Dile que el Niñito teje
una corona preciosa
para cuando el mundo deje
que le adorne toda hermosa.
Dile, en fin, que todos, todos
tanto y tanto la queremos
que todos de todos modos
en ella nos complacemos.
Este fue, niñita hermosa
el canto del Mago bello,
canto que amores rebosa
canto que irradia destellos
que yo aprendime de intento
para poderlo contar
sin mentir en este cuento
que es cuento y un cantar.
Si quieres oír esta poesía declamada por Carmen Feito Maeso, la puedes encontrar a continuación:
Aprovecho la ocasión para agradecerle a esta famosa rapsoda su contribución generosa y desinteresada que, desde el principio, ha tenido para la Causa de la Madre Luisa.
Celia Hierro Fontenla,
sobrina de la Madre Luisa y Postuladora de su Causa de beatificación.
[1] Este era el domicilio de María Abaurrea en Sevilla




