“No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse”
Comienza el evangelio del día con estas palabras que se le ponen a una la carne de gallina. Aún resuenan las palabras del Papa diciendo “Alza la mirada”. Una invitación más a no acomodarnos, a no ser personas que endulcen el evangelio con azúcar o sacarina para que no llegue toda su esencia a las personas. Los cristianos no hemos nacido para estar mirando al suelo, es verdad, a lo sumo se nos envía con una misión concreta. La solemos endulzar porque es dura, claro, si no es liberadora, se convierte como en una carga.
La sociedad está tremendamente decepcionada con los ideales, lo nuestro no es un ideal, es la realidad que viene de Dios para el mundo, hacerla dulce es dar otra cosa. “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”.
Lo más decepcionante de todo esto, siempre a mi modo de ver, es que no vivamos la verdad del evangelio y, cuando alguien se atreve a hacerlo sin engaño, somos capaces de despellejarlo vivo para quitar su credibilidad, entre nosotros mismos puede pasar esto.
Tenemos a los misioneros como estandarte de los cristianos, sin darnos cuenta de que la misión es una en cada lugar y en cada sitio. Cuando un misionero es perseguido por vivir la verdad, porque ha sido capaz de enfrentar la luz a la oscuridad y lo matan en otras tierras, lo vemos hasta lógico. Cuando despunta entre nosotros una/unas personas que viven desde la verdad, a veces nosotros mismos tratamos de quitarlo de en medio por haber puesto un espejo donde nuestra imagen no nos gusta. Hay que romper con esa realidad no vaya a ser que nos mueva del asiento donde nos hemos instalado.
Hoy el evangelio nos desinstala, nos pone delante de la luz, nos pregunta cómo es nuestra vida, qué hemos forjado del evangelio y qué es lo que gritamos a los cuatro vientos, si es que gritamos.
Aprender a mirar a los lados, a los otros que han descubierto de Dios y que yo no lo he hecho aún, romper con lo innecesario, con aquello que es superfluo para adentrarme en un mar en el que no hago pie porque en la vida de Dios es él el que lleva las riendas. Atreverse a nadar a mar abierta, atreverse a adentrarse en su vida, proclamándola con fe, esperanza y sabiduría. Sin miedo, disfrutando de la verdad sin imponerla, pero sin esconderla.
Aprender a reconocer a los profetas que viven entre nosotros, rezar para que salgan obreros para la mies que no tengan miedo y que así lo enseñen desde los distintos estamentos que tenemos. Que no se dé lo que dice el salmo:
“Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.”
Seamos esperanza porque la vivamos tan a flor de piel que todos los de nuestro alrededor puedan sentirla sin preguntar.
Buen domingo, feliz día del Señor.
María Jesús Arija,
Delegación Diocesana de Educación y Cultura de Huelva.







