El presbiterio diocesano renueva sus promesas en la Misa Crismal presidida por el obispo de Huelva en la Catedral de la Merced

Publicado:
31 marzo, 2026
La Iglesia de Huelva ha celebrado en la mañana de este Martes Santo la Misa Crismal, presidida por el obispo diocesano, en la que se han bendecido los óleos y consagrado el Santo Crisma, signo de comunión y renovación para toda la diócesis.

La Santa Iglesia Catedral de la Merced ha acogido en la mañana de este 31 de marzo, Martes Santo, a las 11.00 horas, la solemne celebración de la Misa Crismal, presidida por el obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, y concelebrada por numerosos sacerdotes de toda la diócesis.

Se trata de una de las celebraciones más significativas del año litúrgico, en la que el obispo, junto a su presbiterio, bendice los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, y consagra el Santo Crisma, que será utilizado a lo largo del año en la administración de los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y el Orden Sacerdotal, así como en la dedicación de iglesias y altares.

Durante la celebración, los sacerdotes renovaron también sus promesas sacerdotales, manifestando públicamente su compromiso de servicio al Pueblo de Dios y su fidelidad a la misión recibida. Este gesto expresa la comunión del presbiterio con su obispo y fortalece los vínculos de unidad en la Iglesia diocesana.

En su homilía, Mons. Santiago Gómez Sierra invitó a los presentes a volver al origen de la vocación sacerdotal, a ese “Nazaret” donde cada presbítero fue llamado por el Señor, subrayando la importancia de vivir el ministerio desde la cercanía al Pueblo de Dios, la fraternidad sacerdotal y la fidelidad a la unción recibida. Asimismo, recordó que todo el pueblo cristiano participa del sacerdocio de Cristo, y animó a los fieles a sostener a sus sacerdotes con la oración y el afecto.

La celebración contó con la participación de fieles laicos, miembros de la vida consagrada y representantes de distintas realidades eclesiales, que quisieron unirse a este momento central de la Semana Santa, signo de la vida sacramental y de la unidad de la diócesis.

Al término de la Eucaristía, los óleos bendecidos fueron distribuidos a las parroquias para su uso durante el año, prolongando así en cada comunidad parroquial la gracia de esta celebración.

Homilía íntegra de Mons. Santiago Gómez Sierra

Esta mañana, el Evangelio según san Lucas nos lleva a Nazaret, donde Jesús se había criado (cf. Lc 4,16). Allí lo vemos presentarse por primera vez ante los suyos, reunidos en la sinagoga. Lee el pasaje del profeta Isaías y, después, comienza a hablar mientras todos lo miran con atención.

Esta escena nos invita a mirar también nuestra propia historia. Es bueno volver con el corazón a aquel momento en que Dios nos llamó. Recordar esta Catedral o la iglesia donde fuimos ordenados, cuando el obispo nos impuso las manos, o aquella primera Misa Solemne celebrada con emoción en nuestra parroquia. Ese fue nuestro “Nazaret”: el lugar donde comenzamos a presentarnos ante los demás como sacerdotes, llamados de entre los hombres y enviados a ellos. Hoy, al renovar nuestras promesas sacerdotales en esta Misa Crismal, todos esos recuerdos se hacen presentes y damos gracias por nuestro nacimiento sacerdotal. Y con el salmista podemos decir: Cantaré eternamente las misericordias del Señor (Sal 88, 2ª).

En esta Misa Crismal, resuena con una fuerza especial la Palabra que hemos escuchado: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido» (cf. Is 61,1; Lc 4,18). Jesús se presenta como el Ungido de Dios, el Cristo, que actúa como enviado del Padre y en la unidad del Espíritu Santo y, de esta manera, dona al mundo una nueva realeza, un nuevo sacerdocio, un nuevo modo de ser profeta.

Recordemos, también, que fue en el bautismo cuando todos fuimos ungidos por primera vez con el Santo Crisma, para que entres a formar parte de su pueblo y seas para siempre miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey (Ritual del Bautismo). El libro del Apocalipsis nos lo ha recordado: «Nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre» (Ap 1,6).

La liturgia de hoy nos sitúa en el corazón del misterio: Cristo es el Ungido, el único Sacerdote, y nosotros participamos de su sacerdocio de dos modos inseparables: el sacerdocio común de todos los fieles y el sacerdocio ministerial. Todo el pueblo es sacerdotal. Y, sin embargo, en medio de ese pueblo, algunos hemos sido ungidos de un modo particular, para servir, para edificar, para hacer presente sacramentalmente a Cristo Cabeza y Pastor. No son dos realidades contrapuestas, sino profundamente unidas, como dos modos de participación en la única vida de Cristo.

En nuestra ordenación sacerdotal las palmas de nuestras manos fueron ungidas con el sagrado crisma para santificar al pueblo cristiano y para ofrecer el sacrificio (Ritual de Ordenación de los presbíteros). El Señor quiere nuestras manos para que, en el mundo, se transformen en las suyas. Quiere que transmitan su toque divino, poniéndose al servicio de su amor. Quiere que sean instrumentos para servir a los hermanos.

Pongamos hoy de nuevo nuestras manos a su disposición y pidámosle que vuelva a tomarlas siempre y nos guíe en nuestra vida ministerial. Para que la rutina diaria no estropee algo tan grande y misterioso, necesitamos volver al momento en que Él nos hizo partícipes de su unción. La unción, queridos hermanos, se reconoce cuando la gente reconoce que el evangelio es predicado por un sacerdote con unción, cuando hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas. Cuando estamos en esta relación con Dios y con su Pueblo, y la gracia pasa a través de nosotros, somos sacerdotes, mediadores entre Dios y los hombres.

Como recordaba el papa León en la ordenación de presbíteros el pasado 31 de mayo de 2025, nuestra identidad, por tanto, no se entiende fuera de esta relación: somos sacerdotes dentro del pueblo, procedentes del pueblo y enviados al pueblo, y la alegría del ministerio es proporcional a los vínculos que vivimos con el Pueblo de Dios. No hay sacerdocio sin pueblo, ni pueblo plenamente vivo sin el servicio humilde del ministerio sacerdotal.

De esta verdad brota hoy un sentimiento profundo: la gratitud y la humildad.

Gratitud, porque hemos sido llamados a servir a un pueblo totalmente sacerdotal, en el que el Espíritu actúa mucho más allá de lo que vemos o controlamos. ¡Cuántas veces el Señor nos precede en la fe sencilla de los fieles, en los pobres, en los pequeños, en los que sufren!

Y humildad, porque permanecemos dentro de ese pueblo. No estamos por encima, sino en medio. Solo así nuestro testimonio será creíble. No somos perfectos, pero estamos llamados a ser creíbles: cercanos, compasivos, sencillos, como Cristo, decía también el Santo Padre.

Vivir vinculados es también el camino de nuestra fraternidad sacerdotal: sabernos hermanos, no aislados; unidos al obispo, sostenidos por la comunión del presbiterio. Solo unidos a Cristo y entre nosotros podremos dar fruto.

Entre los hermanos sacerdotes, cultivando la fraternidad real, cuidando los vínculos y venciendo el aislamiento. Y con la porción del Pueblo de Dios que se nos ha confiado: escuchar, acoger, discernir juntos, reconocer los carismas, dando espacio a todos los fieles, promoviendo la implicación de todos en la tarea misionera de la Iglesia.

El crisma que hoy consagraremos nos lo recuerda. Con él fueron ungidos los fieles en el Bautismo: todos participan de la dignidad sacerdotal de Cristo. Con él son ungidas nuestras manos: no para apropiarnos de la gracia, sino para servirla, para derramarla, para bendecir. Ungidos para construir la unidad en la caridad.

Queridos fieles, acompañad a vuestros sacerdotes con el afecto y la oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de Dios.

Queridos sacerdotes, que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos y puedan recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido.

Y por esto hoy queremos también renovar las promesas con que nos vinculamos a Cristo el día de nuestra ordenación mediante este sacramento.

Pidamos a la Virgen María, Madre de la Iglesia, que nos enseñe a vivir así nuestro ministerio: dentro del pueblo, al servicio del pueblo, con un corazón configurado con el de Cristo.

Amén.

La diócesis invita a todos los fieles a vivir con intensidad estos días santos, participando en las celebraciones litúrgicas y acompañando al Señor en su Pasión, Muerte y Resurrección.

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