La Iglesia en Huelva abre la Semana Santa invitando a una fe fiel y perseverante en Cristo

Publicado:
29 marzo, 2026
La Iglesia en Huelva ha celebrado este domingo, 29 de marzo, el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, dando comienzo a la Semana Santa con la tradicional bendición de palmas y la Eucaristía presidida por el obispo diocesano. Fieles de toda la diócesis se han unido a esta celebración que aúna gozo y contemplación del misterio de la Cruz.

La Diócesis de Huelva ha comenzado solemnemente la Semana Santa con la celebración del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, una jornada que conmemora la entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén y que, al mismo tiempo, introduce a los fieles en el misterio de su Pasión.

La celebración principal ha tenido lugar en la Santa Iglesia Catedral, donde el obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, ha presidido la bendición de los ramos y palmas en un ambiente de recogimiento y participación. Desde allí, se ha desarrollado la procesión de entrada al templo, signo visible de la acogida de Cristo como Rey y Señor.

Durante la Eucaristía, proclamada la Pasión del Señor, la comunidad diocesana ha sido invitada a contemplar el misterio del amor de Dios que se entrega hasta el extremo por la salvación de la humanidad. En este día, marcado por el contraste entre la aclamación jubilosa y el relato de la Pasión, la liturgia propone a los fieles adentrarse con espíritu orante en los días santos que ahora comienzan.

En su homilía, Mons. Santiago Gómez Sierra ha invitado a los fieles a contemplar el contraste entre el “Hosanna” y el “Crucifícalo” como reflejo de la fragilidad del corazón humano y como una llamada a la conversión personal y comunitaria. El obispo ha subrayado que la secularización no es solo un fenómeno social, sino una realidad que nace en el interior de cada persona cuando se deja de reconocer a Cristo como Señor de toda la vida. Asimismo, ha recordado que el relato de la Pasión no pretende acusar, sino suscitar en los creyentes humildad y esperanza, al contemplar el amor fiel de Cristo que no abandona nunca al ser humano. En este sentido, ha animado a vivir una fe perseverante, que no dependa solo de momentos puntuales, sino que se traduzca en el seguimiento cotidiano del Señor y en el compromiso misionero en medio del mundo.

A lo largo de toda la diócesis, parroquias, comunidades religiosas y hermandades han celebrado también este día con la bendición de palmas y olivos, congregando a numerosos fieles que, con sencillez y fe, han querido expresar su pertenencia a Cristo y su disposición a acompañarle en su camino hacia la Cruz.

Con esta celebración, la Iglesia en Huelva se dispone a vivir intensamente los misterios centrales de la fe cristiana durante el Triduo Pascual, culmen de todo el año litúrgico.

La Diócesis invita a todos los fieles a participar activamente en las celebraciones de estos días santos, acompañando al Señor en su Pasión, Muerte y Resurrección, y renovando así la esperanza que brota del misterio pascual.

Homilía íntegra de Mons. Santiago Gómez Sierra

Hermanos y hermanas, amados del Señor:

En la celebración de la liturgia de este Domingo de Ramos, todos nosotros acabamos de oír las voces que nos llegan a través de los siglos y las generaciones: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! (Mt 21, 21,9). Hemos oído estas voces y las hemos repetido cantando en la procesión de Ramos, confesando nuestra fe en Jesucristo, el Mesías, el Ungido, el Hijo eterno de Dios.

Pero he aquí que, como hemos escuchado en el relato de la Pasión del Señor, de la misma parte del mundo, de la misma ciudad, nos llegan otras voces y otros gritos que contienen en sí la condena a muerte: ¡Sea Crucificado! ¡Sea crucificado! (Mt 27, 22-23).

Así, hoy comenzamos la Semana Santa con una escena profundamente humana y, al mismo tiempo, inquietante: un pueblo que aclama con entusiasmo ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! y que, pocos días después, grita con la misma fuerza: ¡Crucifícalo! No son dos pueblos distintos. Es el mismo. Pero este darse la vuelta no es simplemente algo que han protagonizado otros, sino que nos muestra una posibilidad del corazón humano, capaz de pasar de la fe a la indiferencia, de la adhesión al rechazo.

Además, este cambio de aquella muchedumbre en Jerusalén no es solo un hecho histórico; es una clave para comprender nuestro tiempo. La secularización de nuestra cultura dominante, que antes podíamos calificar de cristiana, no ha ocurrido porque Cristo haya desaparecido, sino porque, poco a poco, hemos cambiado de actitud ante Él. Seguimos celebrando, admirando ciertos valores, incluso utilizando su nombre… pero cuando su presencia cuestiona nuestras decisiones, cuando su verdad incomoda nuestra manera de pensar, entonces preferimos apartarlo.

El Hosanna es la fe que acoge a Dios cuando coincide con nuestras expectativas. El Crucifícalo aparece cuando Dios no responde como queremos. Así, la secularización, la crisis moral que padecemos, no es primero un fenómeno social, sino un proceso interior: comienza cuando dejamos de reconocer a Cristo como Señor de toda nuestra vida.

Sin embargo, el relato de la Pasión del Señor que hemos escuchado en el Evangelio no busca acusarnos, sino tocarnos el corazón. Hay en él un realismo sereno que cuenta lo que ocurrió, pero sobre todo transmite una inmensa compasión. Cristo Jesús no deja de amar a ese mismo pueblo que lo rechaza. No retira su entrega. No responde con violencia. Permanece fiel. Y así compadecido, tendiste tu mano a todos, para que te encuentre el que te busca (Plegaria Eucarística IV).

Y aquí puede nacer en nosotros un sentimiento profundo de humildad. Porque reconocemos que muchas veces hemos sido ese pueblo. Hemos aclamado en momentos de fervor… y hemos olvidado, negado o silenciado a Cristo en lo cotidiano de la vida. Pero junto a la humildad debe brotar en nuestro corazón la esperanza: porque su amor no cambia, porque él mismo se entregó a la muerte, y, resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida (Plegaria Eucarística IV).

En este Domingo de Ramos podemos recoger una llamada del Señor a pasar de una fe sostenida solo por emociones en algunos momentos puntuales del año, a una fe continuada en el seguimiento de Jesús en nuestra vida cotidiana.

Primero, a nivel personal, podemos preguntarnos con sinceridad ¿en qué aspectos de mi vida digo Hosanna, pero luego vivo como si Cristo no fuera el Señor? ¿dónde necesito una verdadera conversión?

Segundo, a nivel de misión, porque todos los bautizados estamos llamados a ser discípulos misioneros. En una cultura que se aleja de Dios, normalmente, no con rechazo violento, sino con indiferencia, no basta con celebrar a Cristo en la Iglesia; es necesario seguirlo en la familia, en el trabajo, en la sociedad como ciudadanos.

La misión comienza en lo pequeño: una decisión fiel, una palabra valiente, un gesto de caridad, una vida que no oculta a Cristo.

Cuando el entusiasmo desaparece y solo queda la cruz, miremos a la Virgen María. Ella no gritó Hosanna para después marcharse. Ella permaneció fiel, en silencio, al pie de la cruz. No entendía todo, pero confiaba; no cambiaba según las circunstancias, sino que amaba hasta el final.

Pidámosle que nos enseñe esa fidelidad que no depende del momento, sino del amor fiel y verdadero. Que nos acompañe en esta Semana Santa para que también nosotros sepamos permanecer con su Hijo.

Amén.

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