El Evangelio de la resurrección de Lázaro nos sitúa ante uno de los momentos más conmovedores de la vida de Jesús. No es solo un signo de su poder, sino una revelación profunda de su corazón: Jesús ama la vida y sufre ante la muerte. Al ver el dolor de Marta y María, se conmueve y llora. Dios no es indiferente al sufrimiento humano; lo asume, lo comparte y lo transforma.
En este contexto, resuenan con fuerza sus palabras: “Yo soy la resurrección y la vida”. No dice simplemente que da vida, sino que Él mismo es la Vida. Por eso, la muerte no tiene la última palabra. La vida que viene de Dios es más fuerte que cualquier forma de muerte, incluso aquellas que hoy se presentan bajo apariencia de solución o progreso.
En la Jornada por la Vida, de este año dos mil veintiséis, la Conferencia Episcopal Española nos recuerda que “la vida, un don inviolable”. Este Evangelio ilumina esa verdad: la vida no nos pertenece, no es algo de lo que podamos disponer a nuestro antojo, sino un regalo que recibimos y estamos llamados a cuidar. Desde el seno materno hasta su ocaso natural, toda vida humana conserva una dignidad que nadie puede arrebatar.
Jesús no se limita a consolar; actúa. Ante el sepulcro, pide: “Quiten la losa”. Es una llamada también para nosotros. Hay “losas” hoy que impiden ver y defender la vida: la cultura del descarte, el individualismo, el miedo al sufrimiento, la soledad de tantos enfermos o ancianos. Como creyentes, estamos llamados a colaborar con Dios, retirando esas piedras que asfixian la esperanza.
Cuando Lázaro sale del sepulcro, Jesús añade: “Desátenlo y déjenlo andar”. La defensa de la vida no termina en palabras o principios; implica también acompañar, sostener y liberar a quienes viven situaciones de fragilidad. Especialmente las familias están llamadas a ser ese lugar donde la vida es acogida, protegida y amada en todas sus etapas.
Hoy, este Evangelio interpela a nuestra sociedad: ¿creemos realmente que la vida es un don sagrado? ¿O la valoramos solo cuando responde a criterios de bienestar, utilidad o autonomía? Y a nosotros, como familias cristianas, nos pregunta: ¿somos testigos de una cultura de la vida, en nuestras decisiones, en nuestro modo de amar, en nuestra apertura y cuidado de los más vulnerables?
Que el Señor, Señor de la vida, nos conceda una fe como la de Marta, capaz de confiar incluso en medio del dolor, y nos haga instrumentos suyos para anunciar y defender, con humildad y valentía, que toda vida es un don inviolable.
Juan Miguel Jiménez Bocanegra y Rocío Padilla Díaz de la Serna
Delegados Diocesanos de Familia y Vida






