VII Domingo de Pascua – La Ascensión del Señor

Publicado:
14 mayo, 2026
La Ascensión del Señor. 1769. Óleo sobre lienzo, 62 x 63 cm. Francisco Bayeu y Subías (Museo del Prado)

El pasaje de Mateo 28,16-20, proclamado en la solemnidad de la Ascensión del Señor, nos sitúa en un momento decisivo: el encuentro final del Resucitado con sus discípulos en Galilea. Allí, en un lugar cotidiano y cargado de memoria, Jesús les confía una misión universal que trasciende fronteras, culturas y tiempos.

El texto comienza con una nota profundamente humana: “al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron”. Esta coexistencia de fe y duda no desacredita a los discípulos; al contrario, los hace cercanos. La fe cristiana no nace de la certeza absoluta, sino de la experiencia del encuentro con Cristo, incluso en medio de la fragilidad. Es precisamente a este grupo imperfecto al que Jesús confía su misión.

La afirmación central de Jesús —“Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”— no es una declaración de dominio político, sino la revelación de su autoridad salvadora. Desde esta autoridad, envía a sus discípulos: “Id y haced discípulos de todos los pueblos”. La misión de la Iglesia no consiste solo en transmitir ideas, sino en formar discípulos, es decir, personas que viven una relación transformadora con Cristo.

El mandato de bautizar “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” introduce a los nuevos creyentes en la comunión trinitaria. No se trata solo de un rito, sino de una incorporación a la vida misma de Dios. A esto se añade la enseñanza: “enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. La fe implica aprendizaje continuo y fidelidad concreta al estilo de vida de Jesús.

El pasaje culmina con una promesa que sostiene toda la misión: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”. La Ascensión no es ausencia, sino una nueva forma de presencia. Cristo no abandona a su Iglesia; la acompaña en cada paso, en cada desafío, en cada rincón del mundo.

Este Evangelio nos interpela hoy con claridad: ¿vivimos como discípulos misioneros? ¿Transmitimos la fe como una experiencia viva o como una tradición vacía? La Ascensión nos recuerda que la Iglesia está en salida permanente, sostenida no por sus propias fuerzas, sino por la presencia constante del Señor.

En un mundo marcado por la incertidumbre y la búsqueda de sentido, este mandato sigue vigente. Cada cristiano está llamado a ser testigo, no desde la perfección, sino desde la confianza en Aquel que promete permanecer con nosotros siempre.

Delegación Diocesana para las Comunicaciones Sociales y Oficina de Prensa

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