La Diócesis de Huelva cuenta con dos nuevos diáconos

Publicado:
12 septiembre, 2026
Domingo Tejero Díaz y Yerso José Parra Altuve recibieron el diaconado de manos del obispo de Huelva en la Catedral de la Merced

La Santa Iglesia Catedral de Nuestra Señora de la Merced acogió este sábado, 12 de septiembre, la celebración de las sagradas ordenaciones diaconales de los seminaristas Domingo Tejero Díaz y Yerso José Parra Altuve, en una celebración presidida por el obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, y acompañada por numerosos fieles, familiares y miembros de la comunidad diocesana.

Durante la homilía, el obispo centró su reflexión en la vocación al servicio que caracteriza el ministerio diaconal, a partir de las palabras de Jesús proclamadas en el Evangelio: «El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20,26). Mons. Santiago Gómez Sierra recordó que el propio nombre del ministerio que recibían, diácono, significa servidor, y presentó a Jesucristo como el modelo de todo ministerio en la Iglesia: «Él, el Maestro y el Señor, no se limitó a enseñar el camino del servicio: lo recorrió hasta el extremo».

El obispo invitó a los nuevos diáconos a vivir su ministerio desde la disponibilidad, la humildad y la oración, tres actitudes que consideró inseparables para quien está llamado a servir a Cristo y a los hermanos. Asimismo, destacó las palabras de san Pablo: «Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Cor 4,1), subrayando que «lo que se busca en los administradores es que sean fieles».

En este sentido, Mons. Santiago Gómez Sierra animó especialmente a Domingo y Yerso a convertirse en «servidores de la comunión». El obispo advirtió también sobre el daño que pueden provocar la murmuración, la calumnia y la división en la vida de la Iglesia, recordando que «la verdad no necesita la calumnia para defenderse» y que «la fidelidad a la Iglesia no necesita destruir la reputación de sus hijos».

En la parte final de su homilía, el obispo recordó a los nuevos diáconos que «para ser ministros fieles, tenéis que ser discípulos», invitándolos a mantener siempre una profunda amistad con Jesucristo: «No basta con hacer cosas por Él: hay que permanecer en Él. No basta con hablar de Cristo: hay que vivir de Cristo».

La celebración concluyó con la invocación de la intercesión de la Virgen María, «humilde Sierva del Señor», para que acompañe a los nuevos diáconos en su camino de servicio a Cristo y a la Iglesia. Mons. Santiago Gómez Sierra pidió que el Señor haga de ellos «servidores fieles de sus misterios, constructores de comunión y testigos de su amor».

Homilía íntegra del Obispo de Huelva

La Palabra de Dios que acabamos de proclamar nos sitúa ante una de las afirmaciones más sencillas y, al mismo tiempo, más revolucionarias del Evangelio: El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor (Mt 20,26).

Estas palabras de Jesús adquieren hoy una resonancia especial en nuestra Iglesia de Huelva, cuando Domingo y Yerso van a recibir el sacramento del Orden en el grado del diaconado. El mismo nombre de este ministerio contiene ya toda una misión: diácono significa servidor.

El servicio no es, por tanto, un aspecto secundario del diaconado, sino su misma razón de ser. El diácono recibe un ministerio que tiene en el servicio su centro y su medida. Y esto solo puede comprenderse desde Jesucristo, que es el verdadero modelo de todo ministerio en la Iglesia. Él, el Maestro y el Señor, no se limitó a enseñar el camino del servicio: lo recorrió hasta el extremo. Con su vida, sus palabras y sus obras, con su entrega en la cruz y con su victoria sobre la muerte, nos ha mostrado que la verdadera grandeza no consiste en ser servido, sino en entregar la propia vida por amor.

Por eso, en la oración colecta de esta celebración hemos pedido para quienes hoy reciben el diaconado tres dones particularmente necesarios: disponibilidad para la acción, humildad en el servicio y perseverancia en la oración.

La disponibilidad es necesaria porque el servidor no vive para sí mismo. Se pone a disposición de Dios y de los hermanos y aprende a reconocer, incluso en las necesidades concretas de quienes le rodean, la llamada del Señor.

La humildad es necesaria porque el ministerio no es una propiedad personal. No nos lo damos a nosotros mismos, sino que lo recibimos de Cristo a través de su Iglesia. El ministro no es dueño de aquello que se le confía; es su servidor y administrador.

Y es necesaria la oración porque nadie puede servir a Dios durante mucho tiempo si deja de vivir con Dios. El servicio cristiano no nace simplemente de nuestras capacidades, de nuestra generosidad o de nuestro esfuerzo. Nace de la unión con Cristo y se alimenta en la intimidad con Él.

San Pablo expresa de una manera particularmente hermosa qué significa ejercer un ministerio en la Iglesia: Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios(1 Cor 4,1).

Servidor y administrador. Dos palabras que contienen una concepción del ministerio radicalmente distinta de cualquier forma mundana de poder.

El administrador no es dueño de aquello que administra. Lo ha recibido, lo custodia, lo pone al servicio de los demás y sabe que, llegado el momento, tendrá que responder ante el verdadero Dueño. Por eso san Pablo añade: Lo que se busca en los administradores es que sean fieles (1 Cor 4,2).

No dice que se busque en ellos el éxito, la popularidad o el reconocimiento. Dice sencillamente que sean fieles.

La fidelidad es, en definitiva, la medida del ministerio cristiano.

Y esto nos lleva a una cuestión que san Pablo aborda en la comunidad de Corinto y que sigue teniendo plena actualidad: la relación con la opinión de los demás, con la crítica y con el juicio humano.

La comunidad de Corinto estaba marcada por divisiones. Unos se identificaban con Pablo; otros, con Apolo. Se comparaba a unos ministros con otros, se tomaba partido y se juzgaba. Frente a esta situación, Pablo manifiesta una libertad interior admirable: Para mí lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas… Mi juez es el Señor (1 Cor 4,3-4).

Pablo no desprecia a la comunidad ni rechaza la necesidad de examinar la propia conducta. Lo que afirma es algo mucho más profundo: el ministro de Cristo no puede vivir esclavo de la opinión de los hombres. Su criterio último no es el aplauso ni el rechazo, el éxito ni el fracaso, sino la fidelidad al Señor.

El aplauso de los hombres no garantiza la fidelidad, del mismo modo que la crítica de los hombres no demuestra necesariamente la infidelidad. El criterio último es el juicio de Dios.

Esto, sin embargo, no significa que debamos despreciar las críticas. Todo lo contrario. La humildad cristiana nos exige saber escuchar. Una crítica honesta puede ayudarnos a descubrir aquello que nosotros mismos no somos capaces de ver. Una corrección fraterna, aunque resulte dolorosa, puede convertirse en instrumento de la gracia. Quien recibe una responsabilidad en la Iglesia debe saber escuchar, examinarse, reconocer sus errores y corregirse cuando sea necesario.

Pero también es necesario aprender a distinguir entre la corrección y la destrucción, entre la crítica sincera y la murmuración, entre la denuncia del mal y el deseo de desacreditar al hermano.

No toda crítica es mala, pero tampoco toda crítica es caridad.

La vida de la Iglesia se resiente gravemente cuando la palabra deja de estar al servicio de la verdad y de la caridad. La murmuración, la calumnia, la difamación, el juicio temerario o la insinuación maliciosa pueden destruir la buena fama de una persona y herir profundamente la comunión eclesial.

El papa Francisco utilizó en diversas ocasiones una expresión deliberadamente fuerte para referirse al chisme y a la murmuración: “El que chismorrea es un terrorista”. La imagen pretendía poner de manifiesto que quien habla mal de su hermano puede hacerle un daño semejante al de quien arroja una bomba: hiere, destruye y después continúa su camino como si nada hubiera sucedido. (Cf. Discurso en Loppiano, Florencia, 10-V-2028)

Quizá necesitamos palabras fuertes cuando hemos llegado a considerar normales comportamientos que, en realidad, destruyen la comunión.

Porque podemos hacer mucho daño sin levantar la voz y sin tocar físicamente a nadie. Podemos herir la reputación de una persona con una palabra, destruir su confianza con una sospecha, desacreditarla con una acusación no comprobada o sembrar dudas mediante una insinuación. Una conversación aparentemente privada puede multiplicarse y terminar causando un daño que ya nadie sabe reparar.

Hay palabras que no dejan heridas visibles, pero que pueden dejar heridas profundas.

En este contexto adquiere también especial fuerza la imagen evangélica de la cizaña, a la que el papa Francisco recurrió en distintas ocasiones para hablar de aquellos comportamientos que introducen división en la comunidad cristiana.

Sembrar cizaña significa introducir división allí donde debería existir comunión; alimentar sospechas; enfrentar a unos contra otros; convertir las diferencias en enemistades; presentar al hermano como adversario.

Y Francisco llegó a advertir que sembrar cizaña destruye la Iglesia. (Cf. Discurso a la Curia romana, 22-XII-2014).

Debemos tomar en serio estas palabras. La Iglesia puede vivir con legítimas diferencias de sensibilidad, de opinión, de perspectiva e incluso de criterios pastorales. Puede vivir con debates intensos, con correcciones firmes y con discrepancias. La unidad de la Iglesia no exige que todos pensemos exactamente lo mismo en aquellas cuestiones que admiten legítima diversidad.

Lo que la Iglesia no puede hacer sin herirse profundamente es convertir al hermano en enemigo.

Existe, además, un peligro particularmente sutil: esconder detrás de buenas intenciones aquello que termina provocando división. Podemos decir que hablamos “por el bien de la Iglesia”; podemos afirmar que nos mueve la preocupación por la verdad, por la doctrina, por la liturgia, por la moral, por la disciplina o por la fidelidad al Evangelio. Y, sin embargo, necesitamos preguntarnos siempre desde qué espíritu actuamos y qué estamos construyendo con nuestras palabras.

Porque la verdad no necesita la calumnia para defenderse.

La fidelidad a la Iglesia no necesita destruir la reputación de sus hijos.

La defensa de la doctrina y de la moral no nos autoriza a despreciar al hermano.

Podemos y debemos decir la verdad. Podemos y debemos corregir el error. Podemos y debemos defender aquello que hemos recibido de Cristo y de su Iglesia. Pero hemos de hacerlo siempre desde la caridad y buscando la comunión.

Esta enseñanza tiene una particular importancia para quienes hoy reciben el diaconado. El ministerio que van a recibir no los convierte en hombres de bandos ni los llama a alimentar enfrentamientos. No han sido ordenados para erigirse en jueces de sus hermanos, sino para servir.

El diácono está llamado a ser, de manera particular, servidor de la comunión.

Por eso tendrá que aprender a distinguir entre la valentía de decir la verdad y la soberbia de querer imponerla; entre la corrección fraterna y la humillación; entre la denuncia del mal y el deseo de destruir a quien consideramos equivocado.

Tendrá que aprender también a custodiar algo que es muy frágil y, al mismo tiempo, esencial para la vida de una comunidad cristiana: la buena fama, la dignidad y la confianza del hermano.

Servir significa también cuidar. Cuidar a las personas, cuidar la comunión, cuidar la verdad y cuidar aquello que la Iglesia confía a nuestras manos.

Por eso, queridos Domingo y Yerso, recordad siempre las palabras de san Pablo: servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios.

No sois dueños de los misterios de Dios. No sois dueños de la Iglesia. No sois dueños de las personas a las que vais a servir. Todo lo habéis recibido. Y todo lo tendréis que poner un día delante del Señor.

Por eso resulta tan importante la última afirmación de san Pablo: Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece (1 Cor 4,5).

Al final, no serán nuestras apariencias las que hablen por nosotros. No será el aplauso de los hombres. No será nuestra popularidad. No serán siquiera los juicios que otros hayan hecho sobre nosotros.

Será la verdad de nuestro corazón delante de Dios.

Esta perspectiva libera y, al mismo tiempo, compromete. Libera de la necesidad de vivir pendientes del reconocimiento ajeno y compromete a vivir con una conciencia recta ante el Señor. El ministro de Cristo no está llamado a agradar a todos, sino a ser fiel. Y la fidelidad exige tanto humildad para aceptar una corrección justa como fortaleza para permanecer en la verdad cuando esta no resulte popular.

Queridos Domingo y Yerso:

La Iglesia necesita hoy hombres que sepan servir de verdad. Hombres que amen a la Iglesia incluso cuando tengan que sufrir por ella; que no busquen el aplauso, sino la fidelidad; que estén preocupados, ante todo, por la salvación de las almas.

Necesitamos santos. Necesitamos servidores.

Y para ser servidores necesitáis permanecer siempre como discípulos.

No olvidéis nunca esta verdad fundamental: para ser ministros fieles, tenéis que ser discípulos.

Vuestro ministerio solo dará fruto si nace de una amistad profunda con Jesucristo. No basta con hacer cosas por Él: hay que permanecer en Él. No basta con hablar de Cristo: hay que vivir de Cristo. No basta con servir en nombre de Cristo: hay que dejar que Cristo forme en nosotros su mismo corazón de servidor.

El Evangelio de hoy nos muestra ese corazón:

El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos (Mt 20,26-28).

Y todo esto solo será posible si permanecéis cerca de Cristo.

Por eso, junto a la disponibilidad y a la humildad, hemos pedido para vosotros perseverancia en la oración.

No abandonéis nunca la oración diaria. Habrá momentos de alegría y momentos de cansancio; días en los que experimentéis el fruto de vuestro servicio y otros en los que quizá no veáis sus resultados; personas que agradezcan vuestra entrega y otras que tal vez no la comprendan. En todos esos momentos, volved a Cristo.

Antes de ser servidores de los demás, necesitamos reconocer que nosotros mismos somos ovejas del único Pastor. Él nos conduce, nos sostiene, nos alimenta y nos busca cuando nos perdemos.

Solo quien se deja cuidar por Cristo puede aprender verdaderamente a cuidar de los demás.

Por eso, entrad hoy en vuestro ministerio con un corazón humilde, disponible y orante.

Pidamos hoy la intercesión de la Virgen María, humilde Sierva del Señor. Ella supo ponerse enteramente a disposición de Dios y responder con toda su vida: Hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38).

Que María os enseñe a pronunciar cada día vuestro propio fiat.

Y que ella os acompañe siempre para que vuestro ministerio sea verdaderamente un servicio a Cristo y a su Iglesia.

Que así sea.

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