La Iglesia de Huelva ha celebrado este jueves, 4 de junio, la solemnidad del Corpus Christi con la celebración de la Santa Misa en la Santa Iglesia Catedral y la posterior procesión del Santísimo Sacramento por las calles de la capital onubense.
La Eucaristía, presidida por el obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, dio comienzo a las 18.30 horas en la seo catedralicia. Durante la celebración se proclamaron las lecturas propias de esta solemnidad, entre ellas el pasaje del Evangelio de san Juan en el que Jesús se presenta como «el Pan vivo bajado del cielo» (Jn 6, 51-58).
En su homilía, el prelado invitó a los fieles a reflexionar sobre los anhelos más profundos del corazón humano y recordó que ninguna realidad material puede responder plenamente al deseo de plenitud que habita en cada persona. Tomando como punto de partida la experiencia del pueblo de Israel en el desierto, recogida en el libro del Deuteronomio, señaló que Dios alimentó a su pueblo con el maná para mostrarle que existe un hambre más profunda que la física y que solo Él puede saciar.






Mons. Gómez Sierra destacó que la Eucaristía constituye la respuesta de Dios a esa necesidad profunda del ser humano, recordando que Cristo no solo enseña el camino hacia la vida, sino que se entrega Él mismo como alimento para la salvación del mundo. «La Eucaristía no es simplemente un símbolo de Jesús. No es únicamente un recuerdo de Jesús. Es Jesucristo mismo, que se entrega como alimento para la vida del mundo», afirmó.
Al término de la celebración eucarística, la Custodia con el Santísimo Sacramento recorrió las calles del centro de Huelva acompañada por el clero diocesano, las hermandades de penitencia y gloria de la ciudad, representantes de distintas realidades eclesiales y numerosos fieles. También participaron los niños y niñas que han recibido este año su Primera Comunión, protagonizando una de las imágenes más significativas de esta solemnidad.
Durante su predicación, el obispo explicó el sentido de esta manifestación pública de fe, recordando que la procesión del Corpus Christi testimonia la presencia de Cristo en medio de la vida de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. «Con la procesión del Corpus Christi damos testimonio de que Dios no ha abandonado el mundo. El Señor quiere caminar con nosotros donde la gente trabaja, sufre, ama, lucha y espera», señaló







Asimismo, invitó a los fieles a vivir una fe visible y comprometida, capaz de mostrar con serenidad la belleza del Evangelio en la sociedad actual. Del mismo modo, recordó que la adoración al Señor presente en la Eucaristía lleva necesariamente al compromiso con los más necesitados, pues «el mismo Señor que adoramos en la custodia nos espera en quienes necesitan nuestro tiempo, nuestra escucha y nuestra ayuda».
La celebración del Corpus Christi ha estado precedida por el triduo eucarístico celebrado en la Santa Iglesia Catedral durante los días previos, trasladado este año a comienzos de semana con motivo de la visita del Santo Padre a España.
La jornada concluyó con la bendición solemne del Santísimo Sacramento, en una de las celebraciones más significativas del calendario litúrgico, en la que la Iglesia proclama y celebra la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.
HOMILÍA INTEGRA DEL OBISPO DE HUELVA, MONS. SANTIAGO GONEZ SIERRA
Queridos hermanos y hermanas, amados por el Señor:
Hay una pregunta que podemos hacernos: ¿qué es lo que realmente puede saciar los deseos del corazón humano? En los grandes pensadores, las religiones, la literatura antigua y moderna encontramos intentos de responder a esta cuestión. ¿Cómo satisfacer nuestras aspiraciones más profundas? ¿Qué buscamos: el amor, el éxito, la riqueza, el reconocimiento, el poder …?
Las lecturas que acabamos de escuchar nos sitúan precisamente ante esa inquietud que está presente en todas las personas, de un modo o de otro.
En el libro del Deuteronomio, Israel recuerda su travesía por el desierto. El pueblo tenía hambre, y Dios lo alimentó con el maná. Pero el Señor quería enseñar algo más profundo que el modo de satisfacer el apetito de su pueblo. Quería mostrar que el ser humano no puede vivir únicamente de lo material. El hambre física apuntaba hacia otra hambre más radical. Por eso Moisés dice: No solo de pan vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios (Dt 8, 3).
La afirmación resulta especialmente actual. Nosotros vivimos en un mundo capacitado para producir bienes materiales, experiencias y entretenimiento en abundancia. Nunca hemos tenido tantas posibilidades de satisfacer nuestros deseos inmediatos. Sin embargo, también encontramos niveles extraordinarios de ansiedad, de soledad y de vacío espiritual.
La razón es sencilla: el corazón humano tiene un apetito interminable. Y ningún bien efímero puede satisfacer un deseo infinito.
Por eso el Evangelio de hoy es tan sorprendente. Jesús no dice simplemente: Yo tengo pan. Tampoco dice: Yo os mostraré dónde encontrar alimento. Dice algo más asombroso: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Jn 6, 51). De este modo, Jesús no se presenta como un maestro espiritual entre otros maestros, ni como un sabio que señala un camino virtuoso. Se muestra como el alimento definitivo del alma humana. Lo que el maná prefiguraba, Cristo lo realiza.
Y aquí encontramos el núcleo de la fiesta que hoy celebramos. La Eucaristía no es simplemente un símbolo de Jesús. No es únicamente un recuerdo de Jesús. No es solo una experiencia comunitaria en torno a Jesús. Es Jesucristo mismo, que se entrega como alimento para la vida del mundo.
La fe católica alcanza aquí una de sus expresiones más sorprendentes. Creemos que el Dios que creó las galaxias y el microcosmos, el Dios que sostiene el universo en el ser, se hace accesible bajo la humilde apariencia de un trozo de pan.
¿Por qué? Porque el amor siempre busca la unión. Y Dios no se conforma con ser admirado desde lejos. Quiere ser recibido, habitar en nosotros, incorporarnos a su propia vida. Cuando comulgamos, no estamos simplemente pensando en Cristo. Estamos siendo atraídos al interior de su vida divina, incorporados al misterio de su muerte y resurrección.
Y esto nos ayuda a comprender la procesión eucarística, que seguirá a esta santa Misa.
Llevamos la custodia por las calles de la ciudad porque creemos que la Eucaristía es realmente Cristo, y Cristo tiene algo que decir a todos los hombres.
Con la procesión del Corpus Christi damos testimonio que Dios no ha abandonado el mundo. El Señor quiere caminar con nosotros donde la gente trabaja, sufre, ama, lucha y espera. Cristo sale a las calles de Huelva y bendice a su pueblo.
Al acompañar hoy a Jesús sacramentado, no nos fijemos solamente en la belleza artística de la custodia, en la hermosura de los cantos o en la solemnidad de los ritos. Miremos más profundamente. Veamos a Jesucristo, Dios que responde al hambre más profunda del corazón humano, que se hace alimento, que sigue a nuestro lado, haciéndose el encontradizo por los caminos del mundo.
Nuestra procesión eucarística también nos recuerda la misión que todos los bautizados tenemos. La cuestión decisiva para la Iglesia es preguntarnos si estamos llevando realmente a Cristo a nuestro mundo.
La Iglesia ha comprendido que la fe auténtica nunca es agresiva, pero tampoco es vergonzante. Y quizás una de las tentaciones de este tiempo sea reducir la religión a algo estrictamente privado, como si la fe fuera una afición respetable, pero irrelevante para la vida pública.
Sin embargo, los primeros cristianos transformaron el mundo precisamente porque estaban convencidos de que Cristo era el Señor de toda la realidad. No imponían su fe por la fuerza, pero tampoco la ocultaban, ni se escondían. Tal vez nuestra sociedad necesita hoy exactamente eso: una fe capaz de mostrar con serenidad la belleza de Cristo y lo atractiva que es la vida cristiana.
Además, quien adora verdaderamente a Cristo sacramentado aprende a reconocerlo en el rostro de cada persona, sobre todo, en el pobre, en el enfermo, en el anciano, en quien sufre marginación y soledad, en quien necesita una palabra de esperanza. Así el Corpus Christi es inseparable de la caridad fraterna. No podemos llevar solemnemente a Cristo por las calles y permanecer indiferentes ante las necesidades de nuestros hermanos. El mismo Señor que adoramos en la custodia nos espera en quienes necesitan nuestro tiempo, nuestra escucha y nuestra ayuda.
Por eso, pidámosle vivir de tal manera que quienes se encuentren con nosotros puedan descubrir la presencia de Cristo, Pan de Vida para la salvación del mundo.
Amén.
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