El Palacio de Deportes ‘Carolina Marín’ ha acogido este jueves 29 de enero la Misa funeral por las víctimas del accidente ferroviario en Adamuz, en una celebración marcada por la solemnidad, la hondura espiritual y una intensa carga emotiva. El funeral ha contado con la presencia de Sus Majestades los Reyes de España, D. Felipe VI y Dª Letizia, junto a familiares de las víctimas, autoridades civiles y eclesiásticas, y miles de fieles que se han unido a la oración de la Iglesia.
La Eucaristía ha estado presidida por el obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, y concelebrada por Mons. Luis Javier Argüello García, presidente de la Conferencia Episcopal Española; Mons. José Vilaplana Blasco, obispo emérito de Huelva; y Mons. Jesús Fernández González, obispo de Córdoba, junto a más de un centenar de sacerdotes diocesanos y de otras diócesis, entre ellos el párroco de Adamuz, Rafael Prados. El Evangelio ha sido proclamado por el diácono diocesano Marcelo Zeballos.
Un total de 4.350 fieles han participado en la celebración, en un clima de profundo respeto y recogimiento. Los 336 familiares de las víctimas han ocupado un espacio preferente en la pista del Palacio de Deportes, dispuesto con más de 500 sillas gracias a la colaboración de la Diputación Provincial de Huelva. La Coral Polifónica de la Merced ha acompañado musicalmente la liturgia, subrayando con su canto la dimensión orante de la celebración.
El altar, presidido por la imagen de Nuestra Señora de la Cinta, patrona de Huelva, y el crucifijo venerado por San Juan Pablo II en su visita pastoral de 1993, se ha convertido en un punto de referencia espiritual para los presentes. Desde allí, el obispo de Huelva ha pronunciado una homilía marcada por la cercanía pastoral y la esperanza cristiana en medio del dolor:
“Hoy nos reunimos con el corazón abatido. La tragedia del accidente ferroviario en Adamuz ha irrumpido en nuestras vidas como un golpe inesperado… A vosotros, sus seres queridos, deseamos abrazaros con respeto y expresar nuestra cercanía y nuestro pésame.”
Mons. Santiago Gómez Sierra ha recordado que la fe no elimina el sufrimiento, pero sí lo acompaña y lo ilumina:
“La pregunta, la queja, incluso el silencio, caben en el corazón creyente. Dios no desaprueba nuestro llanto ni nuestras preguntas; al contrario, las acoge. El dolor de las víctimas y de sus familias no es un dolor anónimo: ha sido visto, escuchado y recogido por el Señor.”
El momento de mayor intensidad emocional ha tenido lugar justo antes de la bendición final, cuando Liliana Sáenz, hija de la fallecida Natividad de la Torre, ha tomado la palabra en representación de todas las víctimas y sus familias. Con voz serena y firme, ha ofrecido una lectura profundamente agradecida y conmovedora, que ha resonado en todo el recinto.
En sus palabras, Liliana ha expresado, en primer lugar, el agradecimiento a la Diócesis de Huelva por la celebración del funeral, subrayando que “la única presidencia que queríamos a nuestro lado es la del Dios que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y el vino, bajo la mirada de su Madre, en su advocación cinteña”. Ha recordado, además, la fe del pueblo andaluz y el consuelo encontrado “abrazando la cruz”.
La intervención ha tenido también palabras de gratitud hacia el pueblo de Adamuz, los equipos de emergencia, las fuerzas de seguridad, la sanidad andaluza, Cruz Roja, las instituciones públicas y la ciudad de Huelva, destacando la humanidad, la cercanía y la entrega recibidas en los momentos más duros. No ha faltado tampoco una alusión serena a la necesidad de verdad, como camino imprescindible para la sanación del dolor.
Especialmente emotivo ha sido el recuerdo personal de su madre, Natividad, a la que ha descrito como una mujer profundamente generosa, y la afirmación de que las víctimas “no son sólo una cifra”, sino vidas llenas de historias, sueños, virtudes y esperanzas:
“Ellos no sólo son los 45 del tren… eran nuestros padres, madres, hermanos, hijos o nietos… eran la alegría de nuestros despertares y el refugio de nuestras penas.”
La lectura ha culminado con una extensa y sentida oración poética a la Virgen, invocando a las distintas advocaciones marianas tan queridas en Andalucía, y concluyendo con una firme proclamación de esperanza cristiana: que el amor venza al odio, que la vida venza a la muerte y que llegue el día del reencuentro definitivo en Dios.
La celebración ha contado con una amplia cobertura mediática, con más de 160 personas acreditadas, permitiendo que numerosos fieles se unieran espiritualmente desde sus hogares. Asimismo, más de doscientas comunidades religiosas de distintas diócesis españolas han elevado sus oraciones de forma simultánea.
El funeral ha sido posible gracias a la colaboración del Ayuntamiento de Huelva y la Diputación Provincial. El Ayuntamiento, a través de Emtusa, ha activado un servicio especial y gratuito de transporte urbano, y durante todo el acto ha estado operativo un equipo móvil del 061 con ambulancia y personal sanitario.
La presencia de Sus Majestades los Reyes de España, D. Felipe VI y Dª Letizia, durante toda la celebración, ha supuesto un gesto elocuente de cercanía y solidaridad con las familias y con la sociedad herida por esta tragedia.
El funeral diocesano ha concluido en un profundo silencio orante, signo de una Iglesia que acompaña, consuela y espera, y de una comunidad que, aun atravesada por el dolor, se sostiene en la fe, la comunión y la esperanza cristiana.
HOMILÍA DE MONS. SANTIAGO GÓMEZ SIERRA
Majestades,
hermanos Obispos, sacerdotes y diáconos,
familias de los fallecidos y heridos,
autoridades civiles nacionales, autonómicas, provinciales y locales, militares, judiciales y académicas,
hermanos y hermanas, amados por el Señor:
Hoy nos reunimos con el corazón abatido. La tragedia del accidente ferroviario enAdamuz ha irrumpido en nuestras vidascomo un golpe inesperado, dejándonossumidos en el duelo por las víctimas mortales y con la preocupación por los heridos y los familiares. A vosotros, sus seres queridos, deseamos abrazaros con respeto y expresaros nuestra cercanía y nuestro pésame. Y queremos rezar por los que han muerto, para que Dios les conceda el descanso eterno y los abrace en su infinito amor.
Majestades, en vuestra presencia reconocemos un gesto de cercanía y solidaridad con las familias de las víctimas y con toda la sociedad onubense. También a las demás autoridades y a quienes prestan su servicio a la comunidad agradecemos su presencia en estos días de dolor compartido.
Estamos aquí porque el sufrimiento humano necesita ser acompañado, y porque creemos que, incluso en la noche más oscura, levantando los ojos a Dios podemos vislumbrar un rayo de luz y de esperanza.Dios nos habla en muchas ocasiones y de muchas maneras, como lo hizo con su pueblo elegido y, ahora, nos dirige su palabra por su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, la Palabra hecha carne.
La Palabra de Dios no ignora el sufrimiento de su pueblo. El libro de las Lamentaciones, que hemos escuchado en la primera lectura, nace de la experiencia de un pueblo devastado, desconcertado: He perdido la paz, me he olvidado de la dicha…Recordar mi aflicción es ajenjo y veneno; no dejo de pensar en ello, estoy desolado, dice el profeta. Estas palabras podrían ser hoy las nuestras. Son las lágrimas de quienes han perdido a un ser querido; el sentimiento de muchas comunidades cristianas y de la propia sociedad española, que no encuentra explicaciones fáciles ni respuestas rápidas.
Pero en medio de ese lamento, la Sagrada Escritura nos brinda un mensaje: el dolor no es falta de fe. La pregunta, la queja, incluso el silencio, caben en el corazón creyente. Dios no se escandaliza de nuestro llanto ni de nuestras preguntas; al contrario, las acoge. El dolor de las víctimas y de sus familias no es un dolor anónimo: ha sido visto, escuchado y recogido por el Señor. Dios no es indiferente al sufrimiento; camina con nosotros cuando atravesamos cañadas oscuras. Por eso, como sigue diciendo la Palabra escuchada, hay algo que traigo a la memoria, por eso esperaré: Que no se agota la bondad del Señor, no se acaba su misericordia.
También el Evangelio según san Marcos nos lleva hoy al Calvario. Al llegar la hora sexta toda la región quedó en tinieblashasta la hora nona. El Evangelio no disimula la oscuridad, no abrevia el final, no suaviza el drama. Hay tinieblas, hay un grito, hay muerte. La exclamación de Jesús,Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? es la voz de todo ser humano que experimenta la pérdida inesperada y el vacío que deja la muerte. Dios mismo, en su Hijo, ha pronunciado ese grito.
Y es precisamente allí, al pie de la cruz, cuando un centurión, un hombre pagano, al ver morir a Jesús, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. Esta confesión defe no nace de la contemplación del éxito ni de la gloria del Nazareno, sino de vislumbrar en el Crucificado el amor llevado hasta el extremo, descubriéndolo incluso cuando todo parecía perdido.
Pero el Evangelio no termina con la muerte de Jesús. Hemos escuchado también el anuncio que cambia la historia: No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. El Resucitado es el mismo Crucificado. No es otro. Lleva consigo las heridas, el dolor atravesado, la vida entregada. Y esto nos atañe a todos nosotros, pues como nos dice el apóstol san Pablo: Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él (Rm 6, 8). Por eso creemos que las personas por las que hoy oramos no se han perdido, atrapadas en el sinsentido de una muerte inesperada. Sus vidas, sus nombres y sus historias están ahora y para siempreen las manos del Dios de la Vida, que se nos ha dado a conocer en la muerte y resurrección de Jesucristo, nuestro Señor.
Hoy, en este funeral diocesano, no venimos a negar la herida que habéis sufrido, queridas familias de las víctimas, ni a cubrirla con hermosas palabras. Venimos a incorporar el nombre de los que han perdido su vida temporal y vuestro propio dolor al sacrificio de Cristo. Para que, aun desde el sufrimiento, como dice la carta a los Hebreos: cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en él, aferrándonos a la esperanza … la cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina (Heb 6, 18-19), de la muerte temporal.
En este momento de dolor, queremos también detenernos para dar gracias. Gracias a quienes acudieron los primeros, a los vecinos de Adamuz, a los equipos de emergencia, sanitarios, fuerzas de seguridad, voluntarios y personal de apoyo. Gracias a quienes han acompañado con una presencia discreta y cercana: a los sacerdotes y tantas personas que han ofrecido tiempo, escucha, recursos y oración. En cada gesto de ayuda hemos podido percibir un reflejo de la compasión de Dios.
Y junto a la gratitud nace también un compromiso. Porque el sufrimiento de estas familias no va termina cuando se apaguen los focos o se acallen las noticias de este luctuoso suceso. Acompañarlas en su dueloy reparar las consecuencias del daño que han recibido será una tarea larga y exigente. Compromete a la sociedad entera y también a quienes tienen responsabilidades públicas. Es necesario esclarecer la verdad de lo ocurrido y actuar con justicia, para que su sacrificio no sea olvidado y para que, en la medida de lo posible, se eviten tragedias semejantes en el futuro.
Antes de concluir, ponemos todo lo que somos y todo lo que hoy nos duele bajo la mirada maternal de María, la Virgen de la Cinta, nuestra Madre y Patrona, a quien Huelva ha acudido siempre en los momentos de gozo y de aflicción.
Santa María, Virgen de la Cinta,
Madre del Crucificado y Resucitado,
acoge bajo tu amparo a quienes han perdido la vida
y preséntalos a tu Hijo.
Consuela a las familias que lloran,
sostén a quienes se sienten abatidos,
y danos un corazón atento y compasivo
para acompañar con respeto y cercanía.
Virgen fiel, que permaneciste al pie de la cruz,
enséñanos a confiar, incluso en la noche del dolor,
en la promesa de Dios.
Santa María de la Cinta,
ruega por nosotros.
Amén.
Lectura íntegra de Liliana Sáenz en representación de las víctimas
Majestades, excelentísimas autoridades civiles y eclesiásticas que nos acompañáis…
Hoy, cuando el vendaval que recorre nuestro interior parece intentar calmarse, queremos empezar estas palabras dando las gracias.
En primer lugar, gracias a nuestra Diócesis por este funeral, el único funeral que cabía en esta despedida, pues la única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y el vino, bajo la mirada de su Madre, en su advocación cinteña.
Huelva es una tierra mariana, Andalucía es un pueblo creyente y es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo.
Gracias a los que nos acompañáis por amor, por compasión, por empatía… gracias, incluso, a los que lo hacéis por agenda.
Gracias al pueblo de Adamuz, ese pequeño rincón que nunca olvidaremos y que nunca olvidará, así como a la ciudad cordobesa, a los que nos sentimos y nos sentiremos unidos para siempre… sin pensar en las consecuencias, no dudaron en sumirse al caos de los hierros retorcidos, de la sangre, del dolor y de las lágrimas.
Acompañaron a nuestros heridos hasta que estuvieron seguros de que estaban a salvo y luego nos acompañaron en nuestro lamento… pusieron a nuestra disposición el sustento y el cobijo de esos amargos días, pero, sobre todo, pusieron todo su cariño, su entrega y su deseo de hacer que ese duro momento doliera un poco menos.
Gracias a los cuerpos de seguridad y emergencias que acudieron prestos, como siempre, a la llamada… hicieron lo que pudieron con la información y los medios de los que disponían… gracias por vuestra empatía, vuestra cercanía y vuestro afecto en los días posteriores.
Gracias a la sanidad andaluza, sin duda sostenida por los profesionales que la integran. Yo sé lo que es volver a casa de una guardia mala y abrazar a tus hijos porque sabes que alguien ya nunca podrá volver a hacerlo con el suyo. Yo sé lo que es intentar sanar el cuerpo de alguien que tiene el alma herida de muerte… tuvo que ser durísimo, compañeros, gracias.
Gracias al personal y voluntarios de Cruz Roja, que no han soltado nuestra mano en ningún momento…
Si no puedes curar, alivia…
Si no puedes aliviar, consuela…
Si no puedes consolar, acompaña…
Gracias a nuestras instituciones autonómicas, que se pusieron de frente desde el minuto cero, soportando el caos y los envites de nuestra propia angustia… permitidme, no obstante, una crítica a la lentitud de la información pues, creedme, es mejor saber que imaginar.
Gracias también, como no, a las pequeñas corporaciones locales cuyos vecinos iban corriendo la voz de que algo grave estaba azotando los cimientos de la comunidad y sintieron nuestro quebranto como el suyo propio… querida Pilar, queridos alcaldes… habéis demostrado que hay que ser grandes como personas para poder ser grandes como servidores públicos.
Y gracias, infinitas gracias a Huelva, nuestra querida ciudad bendecida por el sol, que no ha dejado de arroparnos de una forma extraordinaria, haciéndonos llegar la grandeza de su amor y su propio dolor, intentando así que el nuestro fuera un poco menos desgarrador.
Y así han ido pasando los días y el dolor va dejando paso a los recuerdos y nuestro corazón, aún con la misma espada clavada, empieza a esbozar pequeñas y tímidas sonrisas cuando mil estampas pasadas irrumpen continuamente en nuestra mente.
Yo tendría algo más de pocos años cuando un día le pregunté a mi madre: “Mami, ¿tú cuánto dinero ganas?”. Supongo que sería algo que hablábamos entre chiquillos.
“Lo justo, cariño”, me dijo ella, “porque lo que queda en mi cuenta a final de mes no es mío”.
“¿Y de quién es, mamá?”, le pregunté porque no lo comprendía.
“De los demás”, me dijo ella.
Así era mi madre… generosa con todo lo que tenía, generosa con sus ganas, generosa con su tiempo, generosa con sus sonrisas… así era ella.
Y es que lo que perdimos ese fatídico domingo 18 de enero no era sólo una cifra… eran vagones llenos de virtudes y defectos, eran vagones llenos de triunfos y derrotas, eran vagones llenos de anhelos y silencios… eran vagones llenos de esperanza.
Porque ellos no sólo son los 45 del tren…
ellos eran nuestros padres, madres, hermanos, hijos o nietos…
Ellos no sólo son los 45 del tren…
ellos eran la alegría de nuestros despertares y el refugio de nuestras penas…
Ellos no sólo son los 45 del tren…
ellos eran la ilusión de buscar un futuro mejor, la alegría de disfrutar momentos en familia o el deseo de volver con nuestros seres queridos… ellos eran eso que ya nunca serán…
Porque ellos no son sólo los 45 del tren,
ellos eran parte de una sociedad tan polarizada que empezó a resquebrajarse hace mucho tiempo y no nos estamos dando cuenta.
Ellos no son sólo los 45 del tren…
pero son los 45 del tren…
Y nosotros…
nosotros somos las 45 familias a las que se les paró el reloj a las 7:45 de aquella fatídica tarde.
Somos las 45 familias que se abrazaron en aquel centro cívico, donde el paso del tiempo se iba inundando de silencio y el silencio iba dejando paso al llanto cuando empezamos a comprender, en el lento avance de las horas, que volveríamos sin ellos.
Somos las 45 familias que han aprendido con demasiada crueldad que la llamada que no se hace se queda sin hacer y el beso que no damos es el que más recordamos.
Somos las 45 familias que cambiarían todo el oro de este mundo, que ahora no vale nada, por poder mover las agujas del reloj tan sólo 20 segundos.
Y también somos las 45 familias que lucharán por saber la verdad, porque sólo la verdad nos ayudará a curar esta herida que nunca cerrará.
Sabremos la verdad, lucharemos para que nunca haya otro tren, pero lo haremos desde la serenidad, desde el alivio, desde la paz de saber que…
En los brazos de la Virgen
ahora duermen
y el regazo de una Madre que los quiere
es quien los mece.
Virgencita de la Cinta,
Patrona de este gran pueblo,
dales paz, serenidad,
descanso eterno.
Virgen bella, Virgen guapa,
no los sueltes de tu vera,
que no sientan el dolor,
que no sientan la miseria.
Que el amor y la verdad
los cobije para siempre
y en el abrazo de Dios
la vida venza a la muerte.
Madre de la Almudena,
Virgen que guía el camino,
llévales el beso mudo,
ese adiós que no les dimos.
Remedios, Madre querida,
Reina del aljaraqueño,
bríndales tus firmes manos,
que ya nunca tengan miedo.
Madre del Amor Hermoso,
Reina de la Victoria,
Dolores del negro luto,
concédeles Tú la gloria.
Y guía también nuestras vidas,
humilde Virgen del Sol,
y que la misericordia
lata en nuestro corazón.
Haz que cese este dolor,
Virgen morena del Carmen,
llévate esta cruel espada
con la espuma de los mares.
Y Tú, Virgen del Rocío,
la que alumbra mis desvelos,
la que siempre me acompaña
cuando me rompo por dentro,
abraza sus corazones
y llévales un suspiro
con una canción de amor
por los años compartidos.
Diles que tenemos paz
y que seremos valientes,
que el odio no nacerá
en la rabia que nos crece.
Que volverán las sonrisas
y seguiremos viviendo,
y este amor no morirá,
vivirá de sus recuerdos.
Diles Tú, Blanca Paloma,
Pastora de la Rocina,
que siempre los sentiremos
con el sol o con la brisa.
Y que con fe esperaremos
a que llegue ese momento
en el que Dios nos abrace
y así volvamos a vernos.
Descansen en paz…






